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La Desaparición de la Esposa Hacker romance Capítulo 205

Él era el hermano de Rosario Ibáñez, hijo de Patricio.

—¡Suéltame! —espetó Begoña, evitando mirarlo a los ojos.

No tenía ganas de responder ninguna de sus preguntas. —Ahora mismo la policía te está buscando, y encima me secuestraste. Si me haces algo más, te van a sumar otro delito. Te van a encerrar y ahí sí, podrás reunirte con tus papás en la cárcel.

—¡Maldita! —vociferó Luciano mientras le cruzaba una cachetada en la cara, dejando al instante una marca roja y ardiente.

—¿Tú crees que si te lanzo al fondo del río alguien sabrá que fui yo? —gruñó, amenazante.

—Mi computadora lo sabe —replicó Begoña, con la voz temblorosa pero firme—. Mi computadora está conectada a una red potente, y todo lo que digo se graba y se manda a ese sistema. —Ese era el sistema de seguridad que ella misma diseñó para proteger a todos los que viajaban por trabajo.

Cada computadora grababa los movimientos del usuario y evaluaba el nivel de peligro en el ambiente, enviando alertas si algo salía mal.

—¡Mentira! ¿Dónde existe algo así de avanzado? —bufó Luciano, y sin pensarlo dos veces, le arrancó la mochila a Begoña y lanzó su laptop al río.

El agua arrastró el equipo en cuestión de segundos.

—Aunque fuera cierto, ya no podrán rastrearme —se burló Luciano, mientras la bajaba del carro y le ataba piedras grandes en manos y pies.

Fue entonces que Begoña se dio cuenta de dónde estaban: en un rincón del canal de Puerto Quetzal.

—De aquí al despacho del Director Benítez hay tres horas en carro. Tres horas son más que suficientes... —dijo Begoña, y soltó una risa que descolocó a Luciano.

—¿De qué te ríes? ¿Te parece gracioso? —Luciano se veía nervioso, la voz le temblaba.

—Tres horas atrás alguien ya detectó que estaba en peligro. Seguro ya avisaron a la policía, y los agentes deben estar en camino. Te van a atrapar, ¿sabes? Me río de lo ingenuo que eres —le lanzó Begoña, con una mueca desafiante.

—¡No digas tonterías! —rugió Luciano, sin poder ocultar la desesperación—. Aunque fuera cierto, ya no llegan a tiempo.

La arrastró hasta el borde, dejando apenas un paso entre ella y el agua. Se fue detrás de ella, listo para empujarla.

—Dime, ¿quién te mandó? ¡Te pago el doble y me dejas ir!

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