Begoña no había visto a Sandra en todo el día y tampoco lograba comunicarse con ella por celular. Al enterarse por el chofer de la familia Pascual que nadie había pasado a recogerlos, comenzó a inquietarse y decidió ir personalmente a buscarlos.
Al llegar a la casa, Begoña se detuvo frente a las puertas de vidrio del salón. Notó que la planta baja estaba completamente a oscuras, pero en el segundo piso todas las luces estaban encendidas.
Colocó la mano en la manija de la puerta. De repente, un ruido de maceta quebrándose retumbó desde el jardín trasero.
Pensó que quizá Joaquín estaba jugando a las escondidas con ella.
Begoña rodeó el ventanal y se dirigió al jardín trasero, sonriendo y bajando la voz.
—Joaquín, mamá ya casi te encuentra.
No se percató de que, del otro lado del cristal y la cortina, alguien la observaba y seguía sus pasos, acercándosele poco a poco, casi pisándole los talones.
Ella, tan llena de vida, apareció en su campo de visión: delgada, con mejillas ruborizadas y una alegría en el rostro que la hacía ver como una flor de peonía recién abierta. Su sonrisa iluminaba todo a su alrededor, tan pura y cálida como la brisa de primavera.
Esa sonrisa suya parecía una caricia que calmaba su tormento, aunque la imagen de su desesperación aún palpitaba en su mente, como un cuchillo que seguía desgarrando un corazón ya hecho pedazos.
Begoña alcanzó el jardín trasero y halló la maceta rota, pero a Joaquín ni sus luces. Escuchó pasos dentro de la casa y, aún divertida, tomó la manija de la puerta del jardín y la empujó.
—Joaquín, ahora sí te atrapé.
Nadie respondió.
Begoña levantó la mirada hacia el segundo piso.
—¿Se habrá subido?
Sin perder la sonrisa, cruzó el salón.
En ese momento, Mariano se encontraba de pie en el centro de la sala, viéndola acercarse. El perfume suave que despedía bastó para acelerarle el pulso y encenderle la sangre. El pecho le dolía con una intensidad que no podía controlar.
Deseaba abrazarla, volver a tenerla entre sus brazos y no dejarla escapar nunca más.
Pero también sabía que no soportaría volver a verla destrozada.
Dio un paso hacia adelante. Begoña, al notar su silueta, se aproximó sin dudar y se detuvo a un brazo de distancia.
Su voz sonaba dulce, envuelta en una calidez especial.
—¿Álvaro?
—¿Por qué no prendes la luz?
—Anoche te marqué y ni contestaste.
—Ya no puedo seguir quedándome aquí, tengo que irme con la familia Pascual.
—¿Por qué viniste? —preguntó Begoña, acercándose a él.
—Mamá está preocupada —respondió Simón con un tono neutral.
—Señorita Begoña, ¿y el profesor Álvaro y Joaquín? —preguntó el secretario, —¿y Sandra?
—No los he visto, han de estar arriba —respondió Begoña justo cuando Sandra bajaba por las escaleras.
Sandra tenía el gesto algo tenso y cargaba dos maletas.
—Begoña, vino un invitado a casa del profesor Álvaro. Joaquín ya se durmió, dijo que te verá cuando regreses del viaje.
—Ya veo —Begoña no pudo ocultar cierta decepción mientras tomaba una de las maletas.
Simón, sin decir palabra, le quitó la maleta de las manos y se la pasó al secretario.
—¿Ya nos vamos? —preguntó con calma.
—El señor Rafael y la señora Pascual ya están afuera esperándonos —explicó el secretario, cargando las maletas.
—Bueno, vámonos.
Begoña tampoco quería hacerlos esperar más. Si Sandra decía que Álvaro estaba ocupado con un invitado, no era correcto interrumpir.

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