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La Desaparición de la Esposa Hacker romance Capítulo 211

Sandra murmuraba en voz baja mientras caminaba junto al secretario —Oye, el invitado del profesor Álvaro es bien raro, hasta da miedo, todavía siguen platicando allá arriba.

—Pues es normal, el profesor Álvaro solo se lleva con los peces gordos de la ciencia. Si no entiendes su manera de hablar, es porque hablan en otro nivel— soltó el secretario, entre broma y broma.

—Eso sí, la neta. Se les nota que son unos genios, pero también se ven bien excéntricos. Creo que así son todos los que están en la cima de la ciencia— respondió Sandra, soltando una risa nerviosa.

Simón caminaba al lado de Begoña. La manga de su camisa blanca rozaba suavemente la tela ligera del vestido de ella. Se inclinó y le preguntó en voz baja:

—¿Quieres que te tome del brazo?

—Sí— murmuró ella, asintiendo.

Begoña notó que Simón miraba hacia la puerta principal, su garganta se movía con cada palabra. Al darse cuenta de que Rafael y Carla los esperaban afuera, sin pensarlo, entrelazó su brazo con el de Simón.

La tela suave apenas separaba su piel. El roce, aunque sutil, los conectaba de forma íntima. Salieron juntos de la casa y saludaron a Rafael y Carla, que esperaban dentro del carro negro. Subieron y se acomodaron en los asientos traseros.

Varios carros negros, uno tras otro, salieron del fraccionamiento. Adentro, hombres armados y entrenados, listos para cualquier cosa. Los guardaespaldas que quedaban en la casa ni se atrevían a moverse.

En el balcón del segundo piso, Mariano observaba con una mirada tan profunda que era imposible adivinar lo que pasaba por su cabeza.

—Señor, es la familia Pascual— reportó el jefe de seguridad —Aquí en Puerto Quetzal, no cualquiera se da el lujo de llegar así.

—¿No estaba la señora con el profesor Álvaro?— preguntó otro, confundido.

—¿Cómo pasó esto…?—

De pronto, Mariano recordó el sonido del timbre que había salido del carro negro con la bandera, aquella vez que Begoña estaba dentro. Recordó también el momento en que la buscaba en el edificio de gobierno de Nueva Almería y se topó con Simón. ¿Cómo iba a estar haciendo cosas indebidas con una subordinada en pleno incendio, siendo un funcionario de alto rango? En ese entonces, Begoña también estaba en ese edificio.

Otra vez, la señal del celular en el aeropuerto militar… y Begoña en el avión de Simón.

¡Todo encajaba!

¡Ese tipo! Ese farsante con cara de santo.

Aprovechó la oportunidad para llevársela, para arrebatarle a su esposa.

El recuerdo de todas las veces en que casi la encuentra, pero se le escapa de las manos, le revolvía el estómago.

Los ojos de Mariano brillaban con rabia, en su mente solo aparecía el rostro impasible de Simón, siempre distante, como si nada le importara.

—Señor, ¿qué hacemos ahora?— preguntó uno de los hombres, con voz temblorosa.

Para darles la bienvenida, la familia Prieto organizó una cena con fogata en la playa. Desde hace años no veían a Simón, el nieto prodigio. Nadie se esperaba que esta vez llegara acompañado de su prometida.

Begoña, cansada por el viaje y por todo lo vivido, prefirió alejarse un poco y caminar sola por la playa. Desde lejos veía a Simón, rodeado de familiares y amigos, todos volcados en él como si fuera el centro del universo.

De repente, de entre los árboles del jardín, salió un perrito, pequeño y blanco, que corrió hacia ella moviendo la cola y ladrando —Guau, guau—.

Begoña se agachó y acarició su suave pelaje, recordando al perrito que tuvo de niña, el que se fue junto con su madre.

Apenas bajó la mano, el perrito se volvió y salió corriendo hacia el jardín, volteando cada pocos pasos, como invitándola a seguirlo.

Sin pensarlo, Begoña lo siguió.

Entró entre los árboles, pero pronto perdió de vista al perrito.

De pronto, escuchó el crujido de una rama detrás de ella. Se volteó y vio a alguien conocido.

Era Mariano. Se acercaba paso a paso, con una expresión de dolor que ella nunca antes le había visto. La tomó de la mano, apretándola con fuerza, y con una voz desgarrada le dijo:

—Amor, por fin te encontré.

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