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La Desaparición de la Esposa Hacker romance Capítulo 216

La puerta del cuarto se abrió y, cuando Mariano salió, toda la Hacienda Prieto volvió a brillar con luz por todos lados.

El caos en el rancho no había durado más que unos minutos antes de que todo volviera a la normalidad.

El helicóptero, que se había alejado, volvió a sobrevolar el cielo. Agentes encubiertos y los guardaespaldas de la familia Prieto patrullaban entrelazados, cubriendo cada rincón, rodeando por completo la casa donde se encontraban Simón y Begoña.

El mayordomo encargado de atender a Mariano se apresuró a dar explicaciones.

—Señor Mariano, una disculpa. Parece que una rata mordió el cable principal y se fue la luz, pero ya activamos la energía de respaldo. Lamentamos la molestia, esperamos que sepa comprender.

Mariano tenía el ceño fruncido. El mayordomo, al ver que no había más órdenes, se retiró.

Mariano miró hacia la casa de enfrente. Una oscuridad espesa cubría las ventanas, tragándose por completo las figuras de Simón y Begoña. No podía distinguir un solo movimiento, y comprendió con una claridad brutal que ahí, en ese lugar, no tenía ni la menor oportunidad de sacar a su esposa.

El dolor lo atravesaba y sentía que el pecho se le desgarraba.

—Señor Mariano, a lo mejor puedo ayudarle —la voz de Eliana, la secretaria de Simón, apareció de pronto a su lado.

...

Begoña estaba sentada al borde de una cama antigua, con la espalda apoyada en la cabecera. Su cuerpo temblaba y respiraba de forma agitada, cada jadeo resonando amplificado en el silencio tenue de la habitación.

Simón, notando que algo andaba mal, se colocó a su lado. Sus manos largas apartaron el cabello sudado que se le pegaba a la frente a Begoña, y la acarició con suavidad.

—Tienes un poco de fiebre. Seguramente es por haberte caído al río ayer.

Abrió un sobre, sacó una compresa fría y la puso sobre la frente de Begoña. El contacto helado la hizo estremecerse y casi se resbaló de la cama.

Simón la sostuvo con ambas manos, apoyándola suavemente por debajo de los brazos.

La penumbra llenaba el cuarto. Begoña alzó la cara, con la cabeza un poco mareada, pero aun así trató de hablar:

—Hace rato, en el bosque, lo vi.

El tono de su voz cargaba culpa.

Simón, sereno, le preguntó:

—¿Había mucha gente y por eso no quisiste decírmelo?

—Sí... —asintió Begoña, pero de inmediato se notó preocupada—. Jamás pensé que él aparecería en la familia Prieto.

—Si el señor y la señora se enteran de mi pasado, seguro no estarían de acuerdo con nuestro matrimonio.

El recuerdo de las miradas inquisitivas de la familia Prieto y las palabras de Paulina le pesaban en la memoria.

—Está bien —asintió, sin querer complicarle más la vida. Bajó la mirada, posándola en el brazo fuerte de Simón.

Él la miró, notando lo mal que se sentía. Sus ojos se ensombrecieron.

—Duerme.

Dejó la mano en su hombro por un instante, pero al intentar retirarla, Begoña perdió fuerzas y se desplomó hacia él.

Simón reaccionó al instante, la sostuvo por la espalda, acomodándola en sus brazos. Su cuerpo, que estaba erguido, se inclinó hacia ella.

Ahora, el rostro de Simón estaba justo enfrente del de Begoña. Su aliento dulce y cálido lo envolvió.

Las pestañas de Begoña temblaron suavemente. Su cara, enrojecida por la fiebre, emanaba calor. Abrió los labios, soltando una respiración ardiente sobre el rostro de Simón. Su voz, suave y débil, se quebró en un par de gemidos, y era evidente lo mal que se sentía.

Por un momento, a Simón le pareció que su propio corazón latía sincronizado con el de ella.

Begoña cerró los ojos, acurrucándose en sus brazos. Se abandonó, débil y completamente vulnerable.

Simón la sostuvo con delicadeza, tomó la sábana y la cubrió con cuidado.

Con la otra mano acarició su mejilla, acomodándola para que estuviera cómoda, y aunque intentó apartarse, no pudo dejar de quedarse ahí, a su lado.

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