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La Desaparición de la Esposa Hacker romance Capítulo 55

Ella la había visto crecer. Antes de todo esto, nunca le había hecho daño; incluso la trataba como si fuera su propia hermana, mejor incluso que a Margarita.

Y aun así, sabiendo perfectamente lo doloroso que era ser engañada por alguien a quien amas, eligió ayudar a Mariano a mentirle.

Lo peor de todo fue que incluso intentó hacerle daño a su hijo, Agustín.

Sabiendo el sufrimiento de un niño al descubrir la infidelidad de su padre, aun así actuó de esa manera.

Begoña no pensaba perdonar a Ofelia.

No quería que Ofelia fuera a contarle algo a Mariano, así que la tomó del brazo.

—Acabo de hablar con Rosario y ya lo confirmé, ella no es la amante de tu hermano.

Ofelia suspiró aliviada, como cuando era niña y buscaba el perdón tras hacer algo mal. Apoyó la cabeza en el hombro de Begoña, con esa actitud de niña mimada que solía tener.

—Qué bueno que no estás enojada conmigo, cuñada.

Qué lástima que Begoña ya no sentía esa compasión ni esa paciencia de antes por ella.

Pensar que todos los años que dedicó a esa familia no valieron la pena. Ningún integrante de los Guzmán la había tratado bien.

Begoña ya no quería seguir actuando delante de ellos. Apartó a Ofelia y, sin mirar atrás, subió las escaleras.

—Cuñada, ¿no habías dicho que me ibas a transferir todas tus acciones? —gritó Ofelia desde abajo.

Begoña ni volteó ni detuvo el paso. Salió del salón sin decir palabra.

...

Después de bañarse, Begoña salió del baño y encontró a Mariano de regreso en casa.

—Amor, ya vendí el penthouse de Pinares del Alba a un precio bajo —dijo Mariano, extendiéndole el contrato de compraventa—. Te lo debía.

Begoña tomó el documento y lo dejó a un lado.

—Voy a darme un baño, al rato te acompaño —dijo Mariano, cruzando junto a ella. El olor a desinfectante que traía impregnado le hizo saber que había ido al hospital.

En ese momento, el celular de Begoña sonó. Era una llamada de Rosario.

Respondió y, del otro lado, Rosario no perdió la oportunidad de provocarla.

—Hermana, sí que tienes corazón de piedra... Me echaste de la casa.

La manera en que Rosario la llamó “hermana” casi hizo que Begoña explotara de rabia.

—¿De verdad pensaste que iba a acabar en la calle? Pues qué decepción para ti.

—Mariano me compró otra casa. Y va a invertir cincuenta millones en la empresa de nuestro papá.

—Mira, por un par de golpes y un chapuzón en el río, me gané una fortuna. Nada mal, ¿no?

Y en ese día, cuando lo vio mirar el álbum de la niña, con esa expresión de padre cariñoso.

Durante los primeros años de matrimonio, jamás pensó en tener hijos con ella.

Después de que nació Agustín, fue igual de duro con él.

Cuando perdieron a “Renata”, ni siquiera se inmutó.

Un dolor sordo le apretó el pecho a Begoña, la dejó entumecida.

Por fin entendía a su madre: lo que era morir de tristeza.

Mariano le tendió el frasco de vitaminas que llevaba años tomando.

¿De verdad él había puesto algo ahí?

Su cara guapa no dejaba ver nada sospechoso. Con una voz dulce le dijo:

—Amor, es hora de tus vitaminas.

¿Cómo podía abrazarla y lastimarla al mismo tiempo?

Con la mano temblorosa, Begoña sacó una pequeña pastilla blanca y se la ofreció a Mariano, acercándola a sus labios.

—Claro, tómatela tú también.

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