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La Desaparición de la Esposa Hacker romance Capítulo 56

Begoña observó a Mariano mientras él, sin inmutarse, sonreía con una alegría inesperada porque ella le estaba dando de comer. Abrió la boca y se tomó la pequeña pastilla blanca sin dudar.

Mientras veía alejarse la silueta de Mariano, Begoña recordó de pronto que esas vitaminas las había comprado ella misma, incluso antes de conocerlo. Esa certeza le revolvió el estómago.

No podía creer que Mariano quisiera hacerle daño.

Mariano tragó la pastilla y, luego, sacó otra del frasco, acercándosela a los labios.

Begoña se quedó mirando la mano de Mariano, notando cómo la presión blanqueaba los nudillos. Un rechazo súbito se apoderó de ella.

Alzó la mano y el frasco de vitaminas rodó al suelo, desparramando las píldoras blancas por todas partes.

Mariano se agachó con calma para recogerlo, sin mostrar ni el más mínimo fastidio.

—Le voy a pedir a la muchacha que venga a limpiar —soltó con sencillez.

El día de su boda, Mariano había registrado su nombre en todos sus bienes.

El día que nació Agustín, fue más allá y le transfirió todas sus acciones de Grupo Guzmán.

El celular había sido colgado por Rosario hacía rato. Begoña miró la carcasa, donde resaltaban unas palabras escritas: “Esposa adorada”.

No supo qué sentir. Su ánimo era una mezcla extraña.

Seguramente Rosario le había mentido.

Begoña fue hasta la mesa y hojeó el contrato de compra de la casa en Pinares del Alba. Pasó las páginas con los dedos, pero el papel se le resbaló.

Por más que Mariano le hubiera entregado lo más valioso que tenía, incluso si le regaló la mansión de Pinares del Alba, seguía sintiéndose traicionada. Al principio ni siquiera sabía de la existencia de esa casa.

Se agachó, levantó una de las pastillas blancas y la guardó en el cajón.

Mañana iría al hospital para pedirle a Felicidad que la revisara.

La empleada entró pronto a limpiar el desastre, diciendo:

—Señora, el señor y la señorita están discutiendo en el jardín.

Antes, cuando sus hermanos peleaban, Begoña siempre era la que calmaba las aguas. Pero ahora, no le quedaban ganas de meterse.

Aun así, bajó las escaleras.

Desde el descanso, alcanzó a escuchar la voz cortante de Mariano:

—El día de la ceremonia, solo tomé una cosa: el vaso de agua que me diste tú.

—¿Por qué le pusiste algo al agua?

—El día que la secuestraron, Rubén me lo dijo. Y las fotos que estaban tiradas por el piso, las llevé a revisar y resultaron ser de verdad. Hermano, tu esposa también vio las fotos ese día, pero no reaccionó, como si nada le importara. Por eso, sospeché que ella sabía lo tuyo con Rosario —explicó Ofelia, justo cuando la mano de Mariano se alzó.

Ofelia se aferró llorando a las piernas de Mariano.

—Ya le pedí perdón a tu esposa, de verdad. Ella me dijo que investigó y que entre Rosario y tú no hay absolutamente nada.

—Hermano, no me pegues, por favor.

Al escuchar eso, la sombra de enojo en los ojos de Mariano se disipó un poco.

—¿De verdad te dijo eso tu cuñada?

Ofelia asintió.

El día del secuestro, Mariano había estado tan nervioso por Begoña, que no había pensado en las fotos.

Recordó las palabras de Rubén: Begoña ni se inmutó, solo tenía miedo por el secuestro. Más allá de eso, sus ojos lucían vacíos, como si nada le interesara en absoluto.

Ahora que lo pensaba, su comportamiento reciente era aún más extraño: había tirado el frasco de vitaminas que él le ofreció.

Begoña, aunque a veces tenía sus arranques, solo era por celos de cariño. Nunca dudaba de lo que él hacía por ella, jamás se molestaba sin motivo…

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