Leandro pisó de inmediato el freno y el auto se detuvo suavemente.
Antes de que pudiera preguntar qué sucedía, Valeriano bajó la ventanilla trasera.
—¿Necesitan ayuda? —Su voz fría y clara resonó en la oscuridad.
Roxana reconoció la voz de Valeriano y su primer instinto fue darse la vuelta, pero se contuvo.
En ese momento, evitarlo solo la haría parecer más sospechosa.
Miró de reojo a Enrique, dándole a entender que no la expusiera.
Enrique captó el mensaje y le asintió de manera imperceptible.
Luego, se adelantó. Al descubrir que quien había hablado era el Heredero Sandoval, sintió un poco de temor.
Anteriormente, solo había interactuado con su asistente, nunca con el mismísimo joven amo en persona, por lo que no esperaba que le hablara directamente.
—Muchas gracias, señor Valeriano, pero no es necesario por ahora. El problema ya fue resuelto.
Valeriano asintió y, al apartar la mirada, se fijó nuevamente en la silueta a corta distancia.
La luz era demasiado escasa para distinguir algo.
—¿Y ella quién es?
Enrique respondió con respeto:
—Es una invitada especial de Don Abelardo. Acaba de salir del laboratorio. Debido a que su identidad es reservada, no me es posible revelarla.
Valeriano sabía muy bien que quienes trabajaban en los proyectos de Don Abelardo solían ser talentos altamente clasificados.
No hizo más preguntas y se despidió para continuar su camino.
Roxana aún temía que Valeriano siguiera indagando. Al ver que se iba sin insistir, soltó un suspiro de alivio.
—Señorita Roxana, ¿usted conoce al señor Valeriano?
El rostro inexpresivo de Roxana no mostró ninguna emoción.
—Se podría decir que sí, pero él no sabe que también conozco a Don Abelardo.
Enrique asintió diciendo un simple «oh» y no siguió preguntando.
Después de trabajar junto a Don Abelardo por tres años, sabía perfectamente cuándo guardar silencio.


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