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LA DESECHADA MANDA romance Capítulo 250

En el último piso del Restaurante El Mirador.

Después de dejar a Yara en la universidad, Darío Soler, que apenas se había recostado a descansar tras varios días agotadores, recibió una llamada de Don Abelardo.

Al enterarse de que su antiguo superior no había contraído una enfermedad simple, sino que había sido infectado con un nuevo virus, se sentó de golpe en la cama.

—Don Abelardo, ¿está seguro de que la información es correcta?

—Estoy seguro —respondió Don Abelardo con gran seriedad—. Este virus es sumamente peligroso. Si no hubieras aislado a esa persona de inmediato y controlado sus síntomas con medicinas, probablemente no habría sobrevivido.

»Además, recibí información confirmada de que el virus se originó en la Región de los Tres Oros, pero ya comenzó a propagarse en el país. Debemos encontrar una solución rápido.

La mente de Darío se aclaró en un instante.

Cuando se enteró de que su superior seguía sin mejorar, tuvo un mal presentimiento.

Sin embargo, nunca imaginó que se tratara de un nuevo tipo de virus y, mucho menos, de que se hubiera extendido a esa velocidad.

—Don Abelardo, este asunto es de extrema urgencia. ¡Tengo que reportarlo de inmediato! Pero antes de hacerlo, me gustaría confirmar algo con usted: ¿qué tan seguro está de poder crear el antídoto?

Don Abelardo guardó silencio unos segundos antes de responder:

—Siendo honesto, no estoy muy seguro... Sin embargo, conozco a alguien con un talento médico excepcional. Ella me aseguró que puede desarrollar una cura en diez días, y confío plenamente en ella.

Aunque la pequeña Roxana había afirmado con total confianza que podía hacerlo en una semana, Don Abelardo, por precaución, agregó algunos días extra.

De ese modo, habría margen de maniobra ante cualquier eventualidad.

Aun así, ese periodo de tiempo dejó a Darío perplejo.

La investigación médica siempre era un reto largo y lleno de incertidumbre. Nadie se atrevía a garantizar que sus estudios tendrían éxito y, mucho menos, a comprometerse con fechas tan específicas.

—Don Abelardo, ¿está seguro? Si llega el momento y no hay una cura...

—¡Imposible! —contestó Don Abelardo, con una voz fuerte y rotunda—. Tal vez otros no podrían, pero ella sí.

Al escuchar tal seguridad, Darío no pudo evitar preguntar:

—¿Me permite saber quién es la persona a la que se refiere? ¿La conozco?

Darío conocía a la mayoría de las autoridades médicas, tanto nacionales como internacionales.

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