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LA DESECHADA MANDA romance Capítulo 251

Al mismo tiempo.

Roxana Soler terminó sus pendientes, tomó su teléfono y descubrió que Darío Soler le había enviado un mensaje a la medianoche.

[Roxana, el clima ha estado cambiando muy rápido. Mucha gente en Puerto Esperanza se ha enfermado. Si notas a alguien con síntomas a tu alrededor, recuerda usar cubrebocas. Ten mucho cuidado, y si te sientes mal, dímelo de inmediato; yo te prepararé los medicamentos adecuados.]

Roxana lo entendió al instante.

Parecía que Darío también estaba al tanto del nuevo virus.

Que le hubiera escrito tan tarde significaba que seguramente acababa de enterarse. El hecho de que fuera el primero en advertirle sutilmente que tuviera cuidado y se ofreciera a prepararle medicamentos, demostraba lo mucho que se preocupaba por ella.

Con una leve sonrisa, le respondió.

[Muchas gracias, cuídate tú también.]

Apenas lo envió, Darío le contestó al segundo.

[¿Por qué tanta formalidad entre familia? Por cierto, ¿por qué sigues despierta a esta hora? No te desveles, te hará mal.]

La sonrisa de Roxana se ensanchó y le envió el emoji de una mano haciendo el gesto de «OK».

Mientras tanto, en el Restaurante El Mirador.

Darío vio el mensaje de su hermana y no supo si reír o llorar.

«Esta muchacha... ¿se cree que le estoy pidiendo un reporte de trabajo como para que me responda con este gesto?».

Aun así, el que ella le hubiera respondido al instante le dio una cálida sensación en el pecho.

Antes pensaba que Roxana era fría y difícil de tratar, pero tras convivir con ella estos días, descubrió que en realidad era bastante accesible.

Era muy auténtica, muy pura.

Aunque no tomaba la iniciativa para conversar y acercarse a él, siempre que le preguntaba algo, ella respondía con total sinceridad.

Antes de apagar la pantalla, Darío miró de reojo el chat de Yara Soler. Al ver que no había respuesta, sintió una punzada de decepción.

Sin embargo, pensando en la hora que era, supuso que ya estaría durmiendo para cuidar su cutis, así que no le dio más importancia.

Al día siguiente, por la mañana temprano.

Antes de que amaneciera, Roxana subió al auto que Don Abelardo le había preparado y se dirigió directo al aeropuerto.

Había que recordar que la última vez que regresó de Puerto Esperanza a la Región de los Tres Oros, Julián había llevado cinco camionetas llenas de hombres al aeropuerto. Más de veinte sujetos alineados a la perfección habían asustado tanto a los demás pasajeros que ni siquiera se atrevían a caminar.

—¡Estando al lado de la Jefa, siempre hay que mejorar! —aduló Julián, tomándole la mochila para abrirle paso.

—¡Jefa, por fin llega!

—¡Jefa, cuidado con el escalón!

Apenas Roxana cruzó las puertas del aeropuerto, fue rodeada por un grupo de hombres corpulentos que la escoltaron hasta el auto.

—¡Andando!

En cuanto Roxana subió al vehículo, su imponente aura de liderazgo llenó el espacio.

Los demás saltaron a sus autos y el convoy avanzó a toda velocidad hacia su base de operaciones.

Al llegar a un semáforo, el rugido ensordecedor de un motor rompió la calma.

Por el rabillo del ojo, Roxana notó un llamativo auto deportivo con estampado de leopardo que salió disparado desde una calle lateral, perdiendo el control y lanzándose hacia ellos a una velocidad suicida.

En una fracción de segundo, la tragedia era inminente.

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