Al mismo tiempo.
Roxana Soler terminó sus pendientes, tomó su teléfono y descubrió que Darío Soler le había enviado un mensaje a la medianoche.
[Roxana, el clima ha estado cambiando muy rápido. Mucha gente en Puerto Esperanza se ha enfermado. Si notas a alguien con síntomas a tu alrededor, recuerda usar cubrebocas. Ten mucho cuidado, y si te sientes mal, dímelo de inmediato; yo te prepararé los medicamentos adecuados.]
Roxana lo entendió al instante.
Parecía que Darío también estaba al tanto del nuevo virus.
Que le hubiera escrito tan tarde significaba que seguramente acababa de enterarse. El hecho de que fuera el primero en advertirle sutilmente que tuviera cuidado y se ofreciera a prepararle medicamentos, demostraba lo mucho que se preocupaba por ella.
Con una leve sonrisa, le respondió.
[Muchas gracias, cuídate tú también.]
Apenas lo envió, Darío le contestó al segundo.
[¿Por qué tanta formalidad entre familia? Por cierto, ¿por qué sigues despierta a esta hora? No te desveles, te hará mal.]
La sonrisa de Roxana se ensanchó y le envió el emoji de una mano haciendo el gesto de «OK».
Mientras tanto, en el Restaurante El Mirador.
Darío vio el mensaje de su hermana y no supo si reír o llorar.
«Esta muchacha... ¿se cree que le estoy pidiendo un reporte de trabajo como para que me responda con este gesto?».
Aun así, el que ella le hubiera respondido al instante le dio una cálida sensación en el pecho.
Antes pensaba que Roxana era fría y difícil de tratar, pero tras convivir con ella estos días, descubrió que en realidad era bastante accesible.
Era muy auténtica, muy pura.
Aunque no tomaba la iniciativa para conversar y acercarse a él, siempre que le preguntaba algo, ella respondía con total sinceridad.
Antes de apagar la pantalla, Darío miró de reojo el chat de Yara Soler. Al ver que no había respuesta, sintió una punzada de decepción.
Sin embargo, pensando en la hora que era, supuso que ya estaría durmiendo para cuidar su cutis, así que no le dio más importancia.
Al día siguiente, por la mañana temprano.
Antes de que amaneciera, Roxana subió al auto que Don Abelardo le había preparado y se dirigió directo al aeropuerto.

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