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LA DESECHADA MANDA romance Capítulo 255

Valeriano no conocía de primera mano la Hierba Ígnea de Sangre, pero al ver el extremo rigor con el que estaba conservada en la fotografía, empezó a darle crédito al rumor. Aun así, por simple cautela, le envió la imagen a Don Abelardo para que la verificara.

Luego, preguntó:

—¿La Hierba Ígnea de Sangre se ha subastado antes? ¿Cuál fue su precio de venta final?

Tigre, que no había investigado ese detalle, miró de inmediato a Bastián.

El rostro de Bastián cambió; él tampoco había tenido tiempo de revisarlo.

Al ver que ninguno de los dos era capaz de responder, la mirada de Valeriano se volvió aún más gélida en medio del silencio.

Era como un viento cortante de invierno, haciendo que la sangre de Tigre y Bastián estuviera a punto de congelarse en sus venas.

Por suerte, Leandro sí lo había investigado y se apresuró a intervenir:

—Señor Sandoval, averigué que hace diez años se subastó una, y el precio de cierre fue de mil novecientos millones.

—¿Mil novecientos millones?

Tigre y Bastián soltaron un grito ahogado al escuchar la cifra.

Calculando la inflación actual, los mil novecientos millones de hace una década equivaldrían, como mínimo, a cinco mil millones de hoy.

¡Eso era un robo a mano armada!

¿Qué persona en su sano juicio pagaría cinco mil millones por una simple planta medicinal?

Valeriano barrió a ambos con una mirada carente de emoción.

Bastián jaló rápido a Tigre, que estaba a punto de hablar por el impacto, para que se callara.

Tigre, dándose cuenta tarde de la expresión sombría del Jefe, se tapó la boca.

Valeriano recuperó su habitual frialdad y ordenó:

—Avisen a la Secta del Loto Carmesí. Asistiré.

—Entendido —respondió Leandro, y al ver a los otros dos encogidos como si fueran ratones asustados, les lanzó una mirada que decía: «Que Dios los ampare».

Bastián y Tigre no se atrevieron a mover ni un músculo.

No fue hasta que el auto se detuvo en la entrada de la base de la Alianza Ígnea que, como si les hubieran quitado un hechizo de parálisis, bajaron a toda prisa.

Bastián abrió la puerta del auto con suma diligencia.

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