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LA DESECHADA MANDA romance Capítulo 256

Ambos guardias no solo llevaban trajes pesados de protección, sino que también usaban cubrebocas y capuchas herméticas.

Al verlos, Roxana no pudo evitar preguntar:

—¿Quién les ordenó vestirse así?

Los dos hombres, intimidados por la pregunta, murmuraron con nerviosismo:

—F-Fue el Jefe Julián.

Julián se apresuró a explicarse.

—Jefa, me preocupaba que el virus se transmitiera por el aire, por eso ordené que todos tomaran las máximas precauciones. ¿Hice mal?

—Por supuesto que está mal. La principal vía de contagio del Virus M6 es la vía digestiva y por contacto directo con la sangre o saliva del infectado. Aunque el contagio aéreo es un riesgo técnico, la probabilidad es mínima.

Julián la miró boquiabierto.

—¿En serio? Pero los que se contagiaron del ayudante de cocina nunca tuvieron contacto directo con él.

Al escuchar a Roxana, uno de los subordinados recordó un detalle clave.

—Jefe Julián, aunque los demás muchachos no tuvieron contacto directo con él, el día que se enfermó se cortó la mano mientras picaba verduras. Tal vez...

Julián enfureció.

—¡¿Y por qué diablos no me habías dicho algo tan importante?!

El subordinado bajó la cabeza, avergonzado.

—No creí que fuera un dato relevante, Jefe.

—¡¿Todavía te atreves a responder?! —bufó Julián, perdiendo la paciencia.

—Suficiente. Con este calor no necesitan usar trajes de protección. Quítenselos rápido antes de que les dé un golpe de calor.

Tras dar la orden, Roxana avanzó directamente hacia el interior.

Los dos guardias estaban dudosos al principio, pero al verla entrar sin ninguna medida de protección y sin una pizca de miedo a contagiarse, se quitaron los trajes con algo de recelo.

La base abarcaba un terreno inmenso, con un sistema de seguridad de primer nivel.

Las altas torres de vigilancia y las plazas conectadas formaban una red impenetrable, con guardias patrullando cada rincón para proteger el corazón del gremio.

Al llegar a la zona de infección, que olía intensamente al desinfectante rociado en el aire, todos los presentes se pusieron de pie en cuanto vieron a Roxana.

Ella asintió a modo de saludo y se dirigió sin pausas a la sección del fondo, donde estaban los casos confirmados.

En esa sala había veinte camas. Tres estaban vacías; las diecisiete restantes estaban ocupadas.

—¿Ah, no? —El médico se quedó atónito; evidentemente era información nueva para él.

Roxana no tenía tiempo para dar explicaciones.

El estado de los infectados era peor de lo que había calculado. Necesitaba preparar el tratamiento lo antes posible.

—Dime cuál es su situación actual —indicó Roxana, acercándose al paciente más próximo y tomándole el pulso.

El médico reaccionó de inmediato, se acercó y le dio el reporte médico completo.

—El primer grupo que se contagió ya falleció. Los diecisiete que están aquí son de la segunda ola de contagios y ya he agotado todas mis opciones para calmar su dolor. El hombre al que le está tomando el pulso se infectó antier y acaba de entrar en la fase de dolor extremo. Si no logramos controlarlo para hoy, a partir del tercer día, es decir, mañana, empezará a autolesionarse.

Roxana frunció el ceño con fuerza.

Julián la miró con estupor.

—¿No se suponía que al tercer día perdían el control de sus extremidades? ¿Cómo van a autolesionarse?

El médico suspiró, frustrado.

—La pérdida de control motriz no es repentina; es un proceso gradual. La mayoría pierde primero el movimiento de las piernas, y es entonces cuando usan las manos para mutilarse, buscando que un dolor físico más fuerte tape la agonía que sienten en los huesos.

***

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