Ignorando la expresión lívida de sus rostros, Roxana jugueteó con la pulsera y continuó hablando con parsimonia.
—El verdadero motivo por el que me adoptaron es un secreto a voces entre nosotros.-
—La señorita Alcira padecía una enfermedad en la sangre y necesitaba transfusiones constantes para sobrevivir. Como el hospital no podía garantizar un suministro mensual, y se descubrió que mi tipo de sangre era perfectamente compatible, ustedes simplemente sobornaron al orfanato y me adoptaron.
—Desde mis seis años, he tenido que donarle sangre a Alcira todos los meses. Si ella sigue viva es exclusivamente gracias a mí, así que el que ustedes me hayan mantenido era lo mínimo que podían hacer.
—Además, desde los diez años me he ganado becas académicas. Mis estudios y mis gastos personales los he pagado yo sola. Y hoy, al irme, no me estoy llevando ni un solo centavo de los Maldonado.
—Cuando Cristián Mota vino a pedir mi mano, yo le expliqué mil veces que no lo había salvado, y ustedes sabían perfectamente que había sido Alcira. Pero como ambicionaban el poder de la familia Mota y, a la vez, despreciaban a Cristián por ser un mujeriego irresponsable, dejaron que me acosara y aceptaron su propuesta en mi nombre. Los beneficios que obtuvieron de ese compromiso superan con creces lo que gastaron en mí todos estos años.
—Ahora que Cristián fue nombrado heredero único del patriarca Mota, les brillan los ojos por su nueva posición y quieren casarlo con su verdadera hija. Yo ni siquiera protesté cuando cancelaron mi compromiso...
—Por lo tanto, ni a nivel emocional ni económico le debo nada a los Maldonado.
Aquellas palabras dejaron a la familia pálida de ira y provocaron murmullos entre los empleados.
—Antes me guardaba muchas cosas por respeto, pero de ahora en adelante no tengo nada que ver con esta familia. Si vuelvo a escuchar que me llamen malagradecida o algo por el estilo...
Sonrió con ligereza—. Imagino que a los señores Maldonado no les gustaría que se empezara a correr el rumor de que tenían a una esclava de sangre en su casa y que vendieron a su hija adoptiva para conseguir poder, ¿cierto?
—¡Tú! —exclamó Elena, lívida de rabia, lista para insultarla, pero Ricardo la detuvo.
Él se quedó mirando a Roxana con una expresión indescifrable.
Sabía que esta hija adoptiva era brillante; de lo contrario, no habría entrado a la mejor universidad del país a los quince años con la nota más alta.
Esa genialidad deslumbrante había llegado a opacar tanto a Alcira que la sumió en una depresión e incluso intentó quitarse la vida.
Por eso, él había movido algunos hilos.



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