—¡Esta pulsera es obra de la diseñadora de Maison Milán que tanto admiras! Tu padre gastó millones para conseguirla en una subasta y siempre la guardas con sumo cuidado en tu habitación. ¿Cómo va a terminar en su equipaje "por error"?
Elena no le creyó en lo absoluto. Miró a Roxana con profundo asco. —¡Al final, la gente de clase baja siempre será de clase baja! ¡Por más de diez años de educación que le dimos, no se le quita la sangre corriente! ¡Con unos padres cartoneros, es lógico que la cría salga ladrona!
Ricardo también frunció el ceño. —Roxana, si te gustaba la pulsera, solo tenías que decírnoslo. ¿Cómo se te ocurre robarle a Alcira?
Alcira suspiró con lástima, recogió la joya del suelo y se la ofreció a Roxana.
—Roxana, sé que te asusta tu futuro, por eso intentaste llevarte esta pulsera que vale millones... Si tanto la quieres, ¡puedes quedártela!
—¿Y por qué vas a dejar que se la lleve? —espetó Elena, con los ojos muy abiertos—. ¿Acaso no le hemos dado ya suficiente en esta familia? Le regalamos una vida de princesa por años y, encima de avariciosa, ¡pretende robarnos millones al irse!
Cada vez más furiosa, Elena empezó a gritar: —¡Mayordomo, llame a la policía! ¡Llámenla de inmediato!
Roxana miró a los tres miembros de esa familia, que parecían estar ensayando una obra de teatro, y se echó a reír.
Tomó su maleta del suelo y sacó de un compartimiento interior tres pulseras de diamantes azules idénticas.
A diferencia de la que Alcira sostenía, las tres pulseras de Roxana tenían la etiqueta de autenticidad exclusiva de Maison Milán.
—¿De verdad creen que necesito robarle la suya?
Tras decir aquello e ignorando las miradas atónitas y resentidas del trío, Roxana sacó su celular y tecleó un par de cosas con desinterés.
Luego, se dirigió a la señora Elena, que parecía estar a punto de ahogarse: —Señora Elena, ¿cuándo dijo que llegaba la policía?
El rostro de Elena se puso rojo como un tomate. Fulminó a Roxana con la mirada antes de volverse hacia una evidentemente asustada Alcira con una expresión de pura consternación. —¡Alcira! Tú... ¡Ay, Dios mío!
Alcira clavó las uñas en las palmas de sus manos, tragándose la profunda vergüenza e ira de haber sido expuesta de esa manera. Levantó la vista para cuestionarla: —Roxana, ¿por qué pusiste una cámara oculta en la casa? ¿Acaso ya desconfiabas de nosotros? ¿O planeabas grabarnos a escondidas para extorsionarnos después? Además, ¿de dónde sacaste el dinero para comprar tres pulseras idénticas?
Al oír eso, la actitud de Ricardo cambió drásticamente y miró a Roxana con sospecha.
Roxana señaló un diminuto dispositivo de vigilancia integrado en el candado de su maleta y respondió con indiferencia: —¿Acaso han sido pocas las trampas que me has puesto todos estos años? Solo me estaba protegiendo de la gente mala, no de la gente decente. En cuanto a mi dinero, ¿qué obligación tengo yo de darle explicaciones a personas que no son nada mío?
Solo por el hecho de haberla criado, ella había querido marcharse en paz. Pero ya que estaban empeñados en hacerle la vida imposible, no tendrían derecho a quejarse cuando ella les arrancara la máscara.

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