Debido a que recién despertaba, su voz había perdido su habitual tono gélido y calculador, adoptando un matiz grave y cautivador.
Sin dudarlo, Roxana se acercó a la cama, tomó la mano que él le ofrecía y le tomó el pulso con la más estricta actitud profesional.
Ese gesto tan clínico dejó a Valeriano momentáneamente perplejo.
Y provocó que Thiago reprimiera una carcajada.
Valeriano siempre lo controlaba todo. A pesar de estar en silla de ruedas, no le faltaban mujeres intentando seducirlo, pero ninguna lograba captar su atención.
Y ahora que, por fin, se mostraba interesado, le tocaba lidiar con Roxana, una mujer que no parecía entender ni la más mínima indirecta.
Roxana, ajena a las miradas a su alrededor, se concentró en el pulso y soltó la mano de Valeriano con satisfacción.
Tal como lo había pronosticado, las toxinas habían desaparecido por completo.
—Tu estado es muy bueno. El veneno fue erradicado, ahora solo necesitas descanso absoluto.
»Tus piernas irán recuperando sensibilidad gradualmente. Durante esta semana, te daré sesiones de acupuntura diarias y la próxima semana podrás empezar con la fisioterapia.
»En un mes, como máximo, estarás completamente sano.
Cuando despertó, Valeriano se dio cuenta de inmediato de que sus piernas ya no se sentían inertes; experimentaba un leve cosquilleo.
Esa sensación lo llenó de esperanza.
Al escuchar la promesa de que en un mes su vida volvería a la normalidad, sintió una avalancha de emociones.
Pero notó que ella había dado un paso atrás de inmediato, manteniendo su distancia.
De repente, Valeriano frunció el ceño y se llevó la mano al pecho.
—Siento que me falta el aire... y me duele un poco.
Preocupada, Roxana no lo pensó dos veces y colocó su mano sobre el pecho de él.
—¿Te duele aquí?
—No —murmuró Valeriano, y con toda naturalidad, tomó la mano de la joven y la deslizó hasta la altura de su corazón—. Es aquí, se siente sofocado.

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