Roxana se detuvo. —¿Malinterpretando qué?
Valeriano no le respondió de inmediato, sino que dirigió la mirada al chofer, que sudaba a mares. —No me gusta que el auto se moje.
El conductor sintió como si le hubieran perdonado la vida y se apresuró a decir: —¡Sí, señor! ¡Limpiaré el charco de adelante ahora mismo!
A Roxana le tembló el rabillo del ojo. ¡Qué tipo tan engreído!
Si odiaba que su auto se mojara, ¿para qué salía a manejar un día de lluvia? ¡No solo era pretencioso, estaba enfermo de la cabeza!
Como si hubiera "escuchado" sus pensamientos, el hombre volvió a mirarla. —Esta zona residencial tiene vías separadas para autos y peatones. Esto es la calle; por donde deberías caminar es por allá.
Señaló la pequeña acera a un lado. —Si te hubieras ensuciado, la culpa no habría sido nuestra. Por eso te dije que habías malinterpretado la situación.
Roxana soltó una carcajada amarga.
Evaluó al hombre de pies a cabeza y curvó los labios con sarcasmo. —Envenenamiento, problemas en las piernas, insomnio, anorexia... ¡y encima tienes una boca insoportable! Eres joven, pero vaya que estás lleno de defectos.
Los profundos ojos negros de Valeriano se nublaron al instante, lanzándole una mirada afilada e intimidante. —¿Qué dijiste?
—¡Oh, cierto! ¡También eres sordo! —replicó Roxana, sosteniéndole la mirada sin dejarse intimidar en lo más mínimo.
En el asiento del copiloto, el asistente personal de Valeriano temblaba y trataba de hacerse lo más pequeño posible, sintiendo una tremenda admiración por la chica de afuera.
¡Era la primera mujer en el mundo que se atrevía a enfrentarse así al mismísimo Presidente Sandoval!
En ese momento, el chofer regresó apresurado. —Presidente Sandoval, ya quité el agua.
Valeriano le dedicó una última y profunda mirada a Roxana antes de ordenar: —Arranca.
Subió el cristal, bloqueando el contacto visual por completo.
En cuestión de segundos, el Rolls-Royce desapareció por la esquina.
Roxana apretó los dientes. Qué día de mala suerte; ni bien salía y ya se cruzaba con locos.
Sin embargo... frunció el ceño mirando en la dirección en la que el auto se había marchado.
Esa calle iba directo a la casa de los Maldonado.
¿Desde cuándo la familia Maldonado tenía tratos con un hombre que, a simple vista, derrochaba un estatus fuera de lo común?
Dentro del auto, Valeriano bajó sus alargados ojos hacia sus piernas insensibles. Su mirada era inescrutable.
—Averigua quién es ella.

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