Rodrigo se quedó con la boca abierta. ¿Esa era la fuerza de una frágil muchacha de dieciocho años que supuestamente no podía ni abrir una botella de agua?
Roxana lo miró. —¿Dónde lo pongo?
Rodrigo volvió en sí y tosió. —En... en la parte de atrás está bien.
Ella asintió, aventó el costal y su maleta atrás, y apoyándose en el asiento, saltó con una agilidad increíble hasta instalarse en la cabina del alto vehículo.
Rodrigo la miró con admiración. —Buenos reflejos, ¿haces algún deporte?
—Nada en especial. Me metí en muchas peleas, eso es todo —respondió ella, recostándose en el asiento con actitud relajada.
Rodrigo tragó saliva. ¿Entonces era una buscapleitos?
Trató de tantear el terreno con otra pregunta: —Tengo entendido que ya tienes diecinueve, ¿en qué universidad estudias?
—Fui a un instituto técnico, pero lo dejé.
Rodrigo alzó las cejas. —¿No te gusta estudiar?
—Algo así. Ya no me llama mucho la atención. —Roxana soltó un bostezo.
Para ella, el material de nivel universitario era algo que había dominado desde la primaria. No tenía sentido seguir yendo.
—¿Entonces qué te gusta hacer? —insistió su primo.
—Dormir. —Se subió la capucha del suéter sobre la cara y cerró los ojos.
Llevaba cuarenta y ocho horas seguidas sin pegar el ojo y necesitaba dormir de manera urgente; no tenía energía para platicar con nadie.
Rodrigo soltó una risita y decidió no molestarla más. Sacó su teléfono y escribió un mensaje rápido.
[Darío, tu hermanita perdida tiene mucha personalidad. Me cae bien. Si al final ustedes no la quieren, yo me la quedo.]
Unos instantes después, recibió respuesta.
[Piérdete.]



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