—¡Rápido, sujétenlo!
Adrián actuó sin dudar y gritó la orden a todo pulmón.
Los demás no entendían qué había pasado, ni por qué Adrián pedía atrapar a Bruno en lugar de a Dulce.
Sin embargo, los guardaespaldas de Darío no lo pensaron dos veces y en un instante ya lo tenían inmovilizado.
Al mismo tiempo, Roxana Soler bajó del coche.
—¡Jefa!
Al verla, los empleados del Centro Phoenix exclamaron de alegría.
Darío estaba a punto de acercarse a Dulce, pero se detuvo en seco al ver por el rabillo del ojo a una persona conocida.
Se giró y vio que Roxana, quien debería estar en la universidad, estaba allí y todos en el centro la llamaban Jefa.
—¿Roxana?
Roxana lo saludó con naturalidad.
—Darío.
Después de saludarlo, pasó de largo y caminó directamente hacia Bruno.
—Jefa, resulta que tenemos a un traidor en el centro, y es...
—Dulce, ¿estás herida?
La persona que iba a quejarse de Dulce con Roxana se quedó muda al escuchar que le preguntaba a ella.
Dulce vio la aguja plateada en el suelo y supo de inmediato que había sido Roxana quien la había salvado. Negó con la cabeza.
—Jefa, estoy bien.
Bruno, sujetado por los dos guardaespaldas, puso cara de inocente.
—¡Jefa, ayúdeme! Darío y Dulce se aliaron para destruir nuestro centro. Vi que Dulce iba a atacar a mi compañero y por eso me lancé. ¡Tiene que hacerme justicia!
—¿Justicia? —Roxana lo miró con frialdad—. Bruno, ¿de verdad crees que no sé nada?
Los demás se miraron, llenos de dudas.
La expresión de Bruno se congeló, pero siguió negándolo todo.
—¿De qué habla, Jefa? No entiendo.

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