Roxana llevó a Dulce a un lado.
Darío quiso seguirlas, pero Valeriano lo detuvo.
—Roxana quiere hablar a solas, ¿qué haces entrometiéndote, siendo tú un hombre?
Darío chasqueó la lengua.
—Valeriano, ¿quién te dio permiso de llamarla por su nombre? ¿Acaso yo te di mi autorización?
Valeriano lo miró sin darle la más mínima importancia.
—¿Y te atreves a no dármela?
Ante esa respuesta, Darío comenzó a arremangarse la camisa.
—Valeriano, ¿tienes ganas de recibir una paliza? No creas que porque estás en silla de ruedas no me atrevo a tocarte.
Roxana, que apenas se había apartado con Dulce, vio que su hermano se estaba arremangando como si quisiera golpear a Valeriano, y le advirtió de inmediato:
—Darío, está refrescando y Valeriano no debe recibir corrientes de aire. Ve y búscale una manta para cubrirle las piernas.
Darío estaba mudo.
¡Ya lo estaba defendiendo!
Él solo llevaba una camisa, ¡y no veía que su hermana se preocupara por él!
—¿Aún no vas? Hasta yo siento frío en las rodillas —dijo Valeriano, relajado, con un gesto de suficiencia en su rostro elegante.
—Está bien, ¡ya verás! —Darío, que recién había arruinado los planes de su hermana, no se atrevió a provocarla ahora, así que se fue refunfuñando a buscar la manta.
—Jefa, ¿me buscaste a solas para hablar sobre lo de tu hermano? —preguntó Dulce, un tanto incómoda, al quedar frente a Roxana.
Roxana la observó con una mirada analítica.
—No.
Dulce sintió que la mirada de Roxana había cambiado, y su corazón se aceleró por los nervios.
—Entonces, ¿de qué querías hablar?
—¿Qué fue lo que le sacaste a Bruno hace un momento?
La expresión de Dulce cambió y su rostro reflejó tensión.
—Yo no tomé nada.
Roxana, al ver que se ponía a la defensiva, suavizó su tono de voz.


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