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LA DESECHADA MANDA romance Capítulo 509

Roxana llevó a Dulce a un lado.

Darío quiso seguirlas, pero Valeriano lo detuvo.

—Roxana quiere hablar a solas, ¿qué haces entrometiéndote, siendo tú un hombre?

Darío chasqueó la lengua.

—Valeriano, ¿quién te dio permiso de llamarla por su nombre? ¿Acaso yo te di mi autorización?

Valeriano lo miró sin darle la más mínima importancia.

—¿Y te atreves a no dármela?

Ante esa respuesta, Darío comenzó a arremangarse la camisa.

—Valeriano, ¿tienes ganas de recibir una paliza? No creas que porque estás en silla de ruedas no me atrevo a tocarte.

Roxana, que apenas se había apartado con Dulce, vio que su hermano se estaba arremangando como si quisiera golpear a Valeriano, y le advirtió de inmediato:

—Darío, está refrescando y Valeriano no debe recibir corrientes de aire. Ve y búscale una manta para cubrirle las piernas.

Darío estaba mudo.

¡Ya lo estaba defendiendo!

Él solo llevaba una camisa, ¡y no veía que su hermana se preocupara por él!

—¿Aún no vas? Hasta yo siento frío en las rodillas —dijo Valeriano, relajado, con un gesto de suficiencia en su rostro elegante.

—Está bien, ¡ya verás! —Darío, que recién había arruinado los planes de su hermana, no se atrevió a provocarla ahora, así que se fue refunfuñando a buscar la manta.

—Jefa, ¿me buscaste a solas para hablar sobre lo de tu hermano? —preguntó Dulce, un tanto incómoda, al quedar frente a Roxana.

Roxana la observó con una mirada analítica.

—No.

Dulce sintió que la mirada de Roxana había cambiado, y su corazón se aceleró por los nervios.

—Entonces, ¿de qué querías hablar?

—¿Qué fue lo que le sacaste a Bruno hace un momento?

La expresión de Dulce cambió y su rostro reflejó tensión.

—Yo no tomé nada.

Roxana, al ver que se ponía a la defensiva, suavizó su tono de voz.

—Dulce, te contaré un secreto. Alguna vez me usaron como un banco de sangre gratuito.

Dado que mi tipo de sangre era compatible con el de su hija, siempre que ella necesitaba sangre, me la sacaban a mí.

Pero este secreto, por ahora, solo tú lo sabes, así que te pido que lo mantengas entre nosotras.

—¡No puede ser! —Dulce abrió los ojos de par en par, sin poder creer que alguien tan formidable como Roxana hubiera sufrido algo así—. Entonces, ¿ahora tú...?

—Ahora estoy bien. Por eso, si lo que quieres hacer tiene algo que ver con lo que yo investigo, me gustaría mucho que colaboráramos.

Dulce miró a los ojos a Roxana y no vio cálculos ni mentiras en ellos, solo preocupación y calidez.

Apretó los puños a los costados, incapaz de evitar que sus barreras se derrumbaran.

Era como un viajero solitario que había caminado en la oscuridad por mucho tiempo. Al borde del colapso, encontraba a alguien igual y sentía la imperiosa necesidad de desahogarse.

—Entonces intercambiemos secretos. Espero que tampoco le cuentes a nadie mi secreto, especialmente a tu hermano.

—De acuerdo —respondió Roxana sin dudar.

Fue entonces cuando Dulce sacó una pequeña placa redonda con el grabado de una Rosa Carmesí, la cual había tomado de Bruno.

—Esta placa la vi una vez en el extranjero. Mi madre padecía del corazón y viajó a Estados Unidos para operarse. Sin embargo, la noche antes de la cirugía, el doctor encargado la llevó al quirófano antes de tiempo. Para cuando me enteré, a mi madre ya la habían declarado muerta.

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