Leandro también observó por el espejo retrovisor. Eran tres vehículos persiguiéndolos.
—¡Señorita Roxana, no es momento de enfrentarlos! ¡Sujétese bien, voy a rebasar!
Los atacantes ya los habían acorralado a medias. Si lograban bloquearles el paso por delante, quedarían atrapados sin salida.
Por suerte, no había mucho tráfico en la carretera de montaña y las curvas eran cerradas, lo que impedía que los atacantes aceleraran a fondo y les daba un pequeño margen para maniobrar.
¡En cuestión de segundos, los cuatro vehículos se enfrascaron en una persecución extrema al borde del precipicio!
Al ver una oportunidad para contraatacar, Leandro giró el volante con brusquedad y embistió con fuerza al auto de la izquierda, que no dejaba de acosarlos.
El vehículo enemigo no era tan resistente como el de ellos. Las puertas laterales se hundieron de inmediato por el impacto y su velocidad disminuyó de golpe.
Leandro soltó un suspiro de alivio, pero no bajó la guardia. Con un rápido movimiento, bloqueó el paso al auto de atrás que intentaba rebasarlos.
Sin embargo, los atacantes parecían no temerle a la muerte y arremetieron directamente contra ellos.
Como era de esperarse, la parte frontal del auto enemigo quedó destrozada.
Pero, al mismo tiempo, el vehículo de Roxana y Valeriano también sufrió graves daños.
Aterrado de que a Roxana le pasara algo, Valeriano la cubría constantemente con su cuerpo, sin soltarle la mano.
Aunque sabía perfectamente que ella no era del tipo de mujer que se asustaba fácilmente, no dejaba de susurrarle palabras tranquilizadoras.
—Todo va a estar bien, te lo prometo.
Roxana notó que las palmas de Valeriano estaban sudando frío. Eso la desconcertó un poco.
Se suponía que Valeriano era un hombre que había enfrentado situaciones de vida o muerte antes. Una persecución como esta no debería intimidarlo.
Entonces, ¿por qué estaba tan tenso?
Cuando recibieron otro brutal impacto, notó cómo él, a pesar de sus limitaciones físicas, usaba todas sus fuerzas para mover sus piernas y cubrirla por completo con su cuerpo.
De pronto lo entendió: no tenía miedo por él, tenía terror de que ella saliera lastimada.
Una calidez desconocida y abrumadora recorrió cada fibra de su ser.
Le devolvió el apretón de manos con firmeza.
—¿Tienes armas en el auto?
Al sentir las suaves manos de la chica aferrarse a las suyas, Valeriano sintió que su propia respiración temblaba.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: LA DESECHADA MANDA