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La esposa de Blackwood romance Capítulo 13

Sebastián apareció en la cocina exactamente siete minutos después.

Lo supe porque conté los segundos en mi cabeza como si fuera una cuenta regresiva para una explosión. Llevaba pantalón de chándal gris oscuro, de esos que caen justo en la cadera, y una camiseta negra ajustada que no ayudaba en absoluto a borrar la imagen que todavía me quemaba la retina. El pelo todavía húmedo, peinado hacia atrás con los dedos, algunas gotas rebeldes deslizándose por la sien.

No dijo buenos días. Solo se acercó a la isla, miró los dos platos idénticos durante un segundo eterno y luego se sentó frente a mí, en el taburete del otro lado.

Tomó el tenedor. Pinchó un poco de huevo. Se lo llevó a la boca sin prisa.

Yo seguía con la taza entre las manos, el café ya tibio y olvidado.

—¿Desde cuándo sabes exactamente cómo me gusta el desayuno? —preguntó al fin, sin levantar la vista del plato.

Tragué saliva.

—Llevo tres años pidiéndotelo en reuniones, en viajes, en la oficina a las siete de la mañana. No es difícil memorizarlo.

Mentira. Era muy difícil. Porque cada vez que lo pedía, yo tenía que fingir que no me importaba. Que no me fijaba en cómo fruncía el ceño si el aguacate venía demasiado maduro o si la pimienta estaba demasiado fina. Que no archivaba mentalmente cada detalle insignificante como si fueran pistas de un caso que nunca resolvería.

Él dio otro bocado. Masticó despacio. Tragó.

—Está perfecto —dijo simplemente.

No era un cumplido. Era una constatación. Como si dijera “el informe está correcto” o “la proyección es viable”. Pero viniendo de él, en esa cocina, después de lo de anoche y de lo de hace diez minutos, sonó como algo mucho más grande.

—Gracias —murmuré, y me obligué a tomar un trozo minúsculo de tostada. Sabía a cartón.

Silencio otra vez. Solo el leve tintineo de los cubiertos contra la porcelana y el zumbido lejano del frigorífico.

Entonces él dejó el tenedor con cuidado, apoyó los antebrazos en la isla y me miró por primera vez desde que entró.

—Chloe.

Mi nombre en su boca sonó grave. Cauteloso. Como si estuviera a punto de despedirme o de confesar un delito.

—No quiero hablar de lo de anoche —dije rápido, antes de que él pudiera continuar—. Fue un error. Ya pasó. Olvidémoslo.

Él no parpadeó.

—No voy a hablar de anoche.

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