El mundo se detuvo.
No era la pregunta en sí. Era el tono. Ese tono seco, cortante, casi irritado que usaba en las reuniones cuando alguien llegaba tarde con los informes o cuando un proveedor intentaba subir precios sin justificación. El mismo tono que había usado conmigo cientos de veces antes de que todo esto, el contrato, la boda falsa, la convivencia, empezara. Como si yo fuera un inconveniente administrativo. Como si el calor que aún nos envolvía, el roce de mis dedos entre los suyos, la forma en que mi cuerpo seguía pegado al suyo, no significara absolutamente nada.
Sentí cómo la sangre me abandonaba la cara. Luego volvió de golpe, ardiente, humillante, subiéndome por el cuello hasta las orejas.
Solté su mano como si quemara.
Me aparté tan rápido que casi me caigo de la cama. El colchón se hundió, las sábanas se enredaron en mis piernas y terminé sentada en el borde, de espaldas a él, con los brazos cruzados sobre el pecho como si eso pudiera protegerme de la vergüenza que me estaba devorando viva.
Lo que siguió fue silencio. Un silencio tan denso que dolía.
Oí cómo él se movía detrás de mí. El roce de las sábanas, el colchón que se aliviaba de su peso, el leve crujido cuando se sentó también. Pero no se acercó. No dijo nada más. Solo respiró, una vez, profundo, como si estuviera conteniendo algo.
Yo no podía mirarlo. No podía. Si lo miraba y veía en su cara esa expresión de fastidio controlado, de “esto no debería haber pasado”, creo que me habría desintegrado allí mismo.
—Chloe —dijo al fin, y su voz ya no sonaba fastidiada. Sonaba… cansada. Cautelosa. Como si estuviera midiendo cada palabra.
—No —lo corté antes de que continuara—. No digas nada. Por favor.
No esperé respuesta porque no quería escucharla. Me puse de pie con las piernas temblorosas, tiré de la sábana que se había enredado en mis tobillos y salí de la habitación principal sin mirar atrás. La puerta se cerró detrás de mí con un clic suave, casi inaudible, pero para mí sonó como un portazo.
El pasillo estaba frío. Mis pies descalzos se hundieron en la alfombra persa, pero no sentí nada. Solo el ardor en las mejillas y el nudo en el estómago que no se deshacía.
Entré en mi habitación, la que se suponía que era mía desde el principio, y cerré la puerta con llave. Apoyé la espalda contra la madera y respiré hondo, una, dos veces.
Decidí ducharme, pensaba que una ducha podía lavar mi vergüenza, así que me quité el pijama arrugado y lo tiré al suelo como si me hubiera traicionado. Entré al baño pequeño de mi habitación, abrí la ducha al máximo y dejé que el agua caliente me golpeara la cara hasta que doliera. Quería borrar el calor de su brazo, el recuerdo de su mano bajo la mía, el olor de su piel que todavía se me pegaba al pelo. No funcionó. Solo conseguí que mis ojos se pusieran rojos y que el espejo se empañara tanto que no tuviera que verme la cara.
Salí envuelta en una toalla, el pelo goteando. Abrí la maleta y me quedé mirando la ropa como si fuera la primera vez que la veía. ¿Qué se supone que me ponía ahora? ¿Un traje de oficina para mi jefe? ¿Un vestido de esposa? ¿Jeans y sudadera para fingir que nada había pasado? Todo se sentía ridículo.
Al final elegí lo más neutral que encontré: pantalón negro de vestir, camisa blanca de algodón impecable. Pelo recogido en un moño bajo y rápido. Maquillaje mínimo, solo base, máscara y un toque de labial nude. Cuando me miré al espejo, parecía exactamente lo que era, una asistente ejecutiva que se había casado con su jefe por un contrato. Nada más. Nada menos.
Salí de la habitación y entré a la cocina descalza. La casa estaba en silencio. Preparé desayuno como si fuera un ritual. Sabía exactamente lo que él comía cada mañana porque llevaba años viéndolo pedirlo en la oficina o en reuniones tempranas, café negro sin azúcar, dos huevos revueltos con un toque de pimienta negra recién molida, tostadas integrales ligeramente quemadas en los bordes, medio aguacate machacado con sal gruesa y un chorrito de limón. Nada de jugo, Ni nada dulce. Todo preciso, controlado, como él.
Lo preparé con cuidado. Las manos me temblaban un poco al romper los huevos, pero conseguí que quedaran perfectos: cremosos, sin grumos. Unté el aguacate con el tenedor, justo como lo había visto hacer en la cafetería de la planta 42 cuando pensaba que nadie lo miraba. Coloqué todo en dos platos idénticos. El mío con la mitad de porción. No tenía hambre.

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