No había escapatoria. No podía decirle “vete” sin sonar infantil. No podía ignorarlo y fingir que no estaba ahí, porque su presencia llenaba la habitación entera, el olor de su aftershave, el calor que desprendía su cuerpo a solo un metro, la forma en que sus ojos seguían cada movimiento mío con esa precisión irritante.
Respiré hondo. Me obligué a arreglar lo que faltaba. Él no se movió, pero observó cada movimiento que hice.
Saqué la última blusa y la doblé con cuidado exagerado, como si cada pliegue pudiera ganar tiempo.
Cada prenda que colocaba parecía más pesada bajo su mirada fija. No dijo nada más. No corrigió. Solo estuvo allí, brazos cruzados, expresión neutra, como un centinela silencioso que no necesitaba palabras para recordarme que no estaba sola.
Cuando la maleta quedó vacía, la cerré con el zipper. El sonido fue demasiado alto en el silencio. Me enderecé, me limpié las manos en los pantalones como si hubiera polvo, aunque no lo había.
—Listo —murmuré.
Él asintió una sola vez. Descuzó los brazos.
—Bien.
Hizo una pausa corta, como si midiera las siguientes palabras.
—Estaré en el despacho por si me necesitas.
No esperó respuesta. Se dio la vuelta, salió de la habitación con pasos firmes y precisos. Oí sus zapatos sobre el parquet del pasillo, luego la puerta del despacho cerrándose con un clic definitivo.
Me quedé allí un segundo más, mirando el armario ahora perfectamente organizado. Mitad suya. Mitad mía.
El silencio del ático me cayó encima como una losa. No sabía qué hacer conmigo misma. El reloj del salón marcaba las 9:15. El día entero se extendía delante de mí como un castigo silencioso.
Saqué el móvil del bolsillo. Tenía cuatro llamadas perdidas de mi madre y un mensaje de voz que no había escuchado. Pulsé devolver llamada antes de que el pánico me subiera por la garganta.
Contestó al primer tono.
—¿Chloe? ¡Por Dios, hija! ¿Dónde estabas? Llevo toda la mañana preocupada. Me escribes todas las mañanas y hoy no lo hiciste.
Su voz sonaba exactamente como siempre: mitad alivio, mitad reproche maternal.
—Perdón, mamá. Estaba… ocupada. Ya sabes cómo es el trabajo.
Mentira. La misma mentira que llevaba semanas repitiéndole. Mi madre no sabía nada. Ni del contrato. Ni de la boda. Ni de que me había mudado al ático de Sebastián. Para ella seguía viviendo en mi viejo apartamento, yendo a la oficina todos los días, durmiendo sola en mi cama de siempre. Cualquier mención a “mudanza” o “nuevo sitio” la habría puesto en alerta máxima. Y yo no estaba preparada para esa conversación. Todavía no.
—¿Estás bien? Suenas rara. ¿Te pasa algo con ese jefe tuyo? ¿Te está haciendo trabajar demasiado?
—No, mamá. Todo bien. Solo… estoy un poco cansada.

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