Sebastián abrió la puerta antes de que yo pudiera procesar del todo sus palabras. Su mano izquierda fue directa al pomo, la derecha se posó, sin previo aviso, en la parte baja de mi espalda. No fue un gesto romántico. Fue práctico. Controlador. Como si necesitara recordarme mi lugar en esta coreografía que estábamos a punto de interpretar.
El contacto me atravesó como una corriente baja pero persistente. La tela fina de mi camiseta no era barrera suficiente contra el calor de su palma abierta. Me obligué a no moverme, a no retroceder, aunque cada célula de mi cuerpo gritaba que lo hiciera.
—Buenas tardes, tía Elena —dijo él con esa voz grave y medida que usaba para todo el mundo menos para mí—. Lily. Pasen.
Elena entró primero, envuelta en su abrigo camel que olía a perfume caro y a lana buena. Me miró con una sonrisa que no llegaba del todo a los ojos, pero tampoco era hostil. Era… evaluadora.
—Chloe, querida —me saludó, dándome dos besos al aire que rozaron mis mejillas—. Qué gusto verte de nuevo tan pronto. Anoche en la cena estabas preciosa, pero hoy… hoy pareces más en tu elemento.
Tragué saliva.
—Gracias —murmuré—. Pasen, por favor.
Lily entró detrás como un torbellino, con energía desbordante y cero filtro. Se lanzó directamente hacia Sebastián y lo abrazó con fuerza, colgándose de su cuello como si fuera un árbol al que trepar.
—¡Primo! ¡Por fin te vemos en tu cueva de soltero reformada! —rió, apretándolo hasta que él, resignado, le devolvió el abrazo con un solo brazo—. ¡Y Chloe! ¡Mi nueva prima oficial!
Antes de que pudiera reaccionar, me envolvió en un abrazo apretado, de esos que duran tres segundos de más y te hacen sentir que realmente le importas a alguien. Olía a vainilla y a chicle de fresa.
—Estás guapísima —me susurró al oído—. Y el ático es una pasada. ¿Ya te has apropiado de la mitad del armario o Sebastián sigue siendo un dictador del espacio?
Sebastián carraspeó.
—Lily.
Ella se separó riendo y le sacó la lengua.
—Vale, vale. Me porto bien.
Elena entró y se volvió hacia nosotros.
—Bonito hogar —dijo simplemente—. Se nota que ya empezasteis a… organizaros.
Sebastián no respondió. Solo cerró la puerta y vino a colocarse a mi lado. Su hombro rozó el mío. No se apartó.
—¿Quieren algo de beber? —pregunté, porque necesitaba moverme, hacer algo con las manos antes de que empezaran a temblar de nuevo.
—Un té estaría bien, si no es molestia —respondió Elena con amabilidad—. Y tú, Lily, ¿agua? ¿Zumo?

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