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La esposa de Blackwood romance Capítulo 20

El coche de Sebastián estaba estacionado justo frente al portal, negro, reluciente, con ese aire discreto pero caro que todo lo que él conducía parecía tener. No era uno de esos deportivos chillones; era un sedán elegante, silencioso, del tipo que no grita riqueza sino que la susurra. Abrió la puerta del copiloto antes de que yo pudiera alcanzarla.

Me abrió la puerta y me invitó a subir.

Entré. El interior olía a cuero nuevo y a su colonia, esa mezcla que ya empezaba a asociar con él. Me acomodé en el asiento y, antes de que pudiera ponerme el cinturón, Sebastián se inclinó sobre mí. Sus manos fueron rápidas pero cuidadosas: tomó el extremo del cinturón, lo pasó por delante de mi cuerpo y lo encajó en el cierre con un clic seco. Sus dedos rozaron apenas mi cadera al hacerlo. No fue intencional, o al menos no lo pareció. Pero el gesto me dejó quieta un segundo de más.

—No hacía falta —murmuré.

—Costumbre —respondió él, cerrando la puerta con suavidad antes de rodear el coche y sentarse al volante.

Arrancó sin prisa. El motor ronroneó bajo, casi inaudible. Condujo por las avenidas anchas del centro, giró a la izquierda en una calle arbolada y luego siguió recto hacia una zona que yo conocía solo de pasada: la parte vieja de la ciudad universitaria. Edificios de ladrillo visto, grafitis artísticos en las paredes, chicos con mochilas cruzando la calle sin mirar. El sol de febrero entraba por las ventanillas entreabiertas y calentaba el salpicadero.

Se estacionó en una calle lateral, justo frente a un local con un toldo rojo descolorido y un cartel de neón que decía “Burger & Fries – Since 1987”. No había valet parking. No había fila de coches caros. Solo bicicletas atadas a postes y un par de motos aparcadas en la acera.

—Aquí es —dijo, apagando el motor.

Bajamos. El aire olía a fritanga, cebolla caramelizada y pan tostado. Entramos. El sitio era exactamente como lo había descrito: mesas de madera oscura llenas de marcas de cuchillo, sillas de plástico que alguna vez fueron rojas, luces fluorescentes que zumbaban levemente y una barra larga al fondo con taburetes altos. Música rock de los noventa sonaba desde unos altavoces viejos. Había estudiantes con auriculares, un grupo de obreros en hora de comida, una pareja mayor compartiendo patatas.

—¡Blackwood! —gritó un hombre de unos cincuenta y tantos, barba gris recortada, delantal manchado de grasa y una sonrisa que se le iluminó entera cuando vio a Sebastián. —¡No me jodas, el fantasma ha vuelto!

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