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La esposa de Blackwood romance Capítulo 22

El trayecto de vuelta fue más corto de lo que esperaba. O quizás solo lo sentí así porque el silencio entre nosotros ya no era incómodo. Era denso, sí, pero de los buenos: el tipo de silencio que se llena con pensamientos que todavía no se atreven a salir en voz alta. Sebastián conducía con una mano en el volante y la otra en la palanca de cambios, como siempre. Pero esta vez sus dedos no estaban tensos sobre el cuero. Estaban relajados. Y cada vez que cambiaba de marcha, el dorso de su mano rozaba el mío, que descansaba en el borde del asiento.

No lo aparté. Él tampoco retiró la mano.

Cuando llegamos al garaje subterráneo del edificio, el coche se deslizó hasta su plaza con esa precisión silenciosa que tenía todo lo que él hacía. Apagó el motor. El ronroneo cesó y de pronto solo se oía el zumbido lejano de los fluorescentes del garaje y nuestra respiración.

Ninguno se movió para bajar.

Sebastián giró la cabeza hacia mí. Sus ojos, normalmente tan controlados, estaban más suaves bajo la luz fría.

—¿Estás bien? —preguntó en voz baja.

Asentí.

—Más que bien. Gracias por llevarme ahí. No me imaginaba… verte así.

—¿Así cómo?

—Relajado. Abrazando a alguien. Riéndote de verdad. Comiendo con las manos y sin importarte que te quede kétchup en la comisura.

Se tocó instintivamente la boca, como si todavía pudiera tener restos, y soltó una risa corta.

—Rafa siempre dice que soy el único cliente que llegó con traje y corbata y se fue con la camisa manchada de salsa barbacoa.

Sonreí.

—Me gusta esa versión de ti.

Él me miró un segundo más de lo necesario. Luego apartó la vista hacia el parabrisas, como si necesitara un punto fijo para decir lo siguiente.

—No siempre soy obstinatián, Chloe —dijo con media sonrisa.

Casi me desmayo, ¿Cómo demonios sabía el apodo que le teníamos en la oficina?

—Respira, Chloe —dijo de pronto, con esa voz grave que usaba cuando quería calmarme sin que se notara demasiado—. Siempre he sabido que me dicen Obstinatián a mis espaldas.

Me quedé congelada. Luego lo miré con los ojos como platos.

Sebastián soltó una risa baja, genuina, de las que le arrugaban los ojos en las comisuras. Se recostó un poco más en el asiento del conductor, todavía sin soltarme la mano.

—Tengo que admitir que es muy ingenioso. —Imagínate cuando se enteren que te casaste con obstinatián, y tengas que decirles que lo hiciste porque me amas. Que te enamoraste de mi por mi lindo carácter —dijo riendo.

Me uní a su risa porque él tenía razón, con qué cara les diría eso, cuando yo fui quien inventó ese apodo.

Abrió su puerta. Yo abrí la mía. Subimos en el ascensor en silencio, pero esta vez era un silencio cargado de electricidad. Cuando entramos al ático, la luz de la tarde ya había empezado a teñirse de dorado rojizo. Cerró la puerta con calma y se volvió hacia mí.

—Hablando en serio —dijo, apoyándose en la pared del recibidor—. ¿Por qué saliste así hoy? Sin móvil, sin avisar. ¿Qué pasó?

Me quité la chaqueta vaquera y la colgué despacio, ganando tiempo.

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