Sebastián cerró la puerta del baño con un clic suave. No dijo nada más. Solo cerró. Y entonces escuché el agua correr. Me quedé allí parada un instante, con el corazón latiéndome en los oídos, todavía con los brazos cruzados sobre el pecho como si eso pudiera borrar lo que acababa de pasar.
Me vestí a toda velocidad y prácticamente corrí hacia la cama. Me metí bajo las sábanas, me tapé hasta la barbilla y cerré los ojos con fuerza. Fingir que dormía. Esa era la única estrategia que tenía ahora mismo. Si él salía y me veía despierta, seguro diría algo que me haría querer desaparecer bajo la almohada.
Escuché el agua correr durante lo que pareció una eternidad. Luego se cortó. Silencio. Pasos descalzos sobre el suelo de madera. Cajones abriéndose y cerrándose con cuidado. El roce de tela. El colchón se hundió ligeramente cuando él se sentó en su lado de la cama. Sentí el aire moverse cuando levantó las sábanas para meterse. El calor de su cuerpo se acercó, pero no me tocó. Se tumbó boca arriba, respirando despacio.
Silencio otra vez.
—Sé que no estás dormida.
Me quedé quieta. Ni un músculo. Ni un parpadeo.
—Chloe —dijo, y esta vez había una sonrisa en su voz—. No tienes nada de qué avergonzarte. Estás buenísima.
Mis mejillas ardieron como si alguien hubiera encendido un fuego debajo de mi piel. Sentí el calor extenderse hasta las orejas, el cuello, el pecho. Quise hundirme en la almohada y no salir nunca más.
Él soltó una risa baja, casi inaudible.
—Buenas noches, Chloe.
No respondió a mi silencio. Solo se giró un poco hacia su lado, apagó la lámpara de la mesita y se acomodó. El colchón se movió otra vez. Su respiración se volvió más lenta, más profunda. Como si de verdad se estuviera durmiendo.
Yo seguí con los ojos cerrados, el corazón todavía acelerado, las mejillas ardiendo. Pero poco a poco, el calor se fue calmando.
No sé en qué momento dejé de fingir. En algún punto entre el ardor en las mejillas y el ritmo lento de su respiración, el cuerpo decidió que ya era suficiente teatro. Me quedé dormida de verdad, envuelta en las sábanas que todavía olían a su gel de ducha y a mi vergüenza reciente.
Lo que me sacó del sueño fue un sonido seco y repetitivo, la alarma del móvil de Sebastián. Un pitido insistente, frío, que no pertenecía a ninguna hora decente. Abrí los ojos confundida, con la boca pastosa y el cerebro tardando varios segundos en ubicarse. La habitación estaba oscura, solo un hilo de luz grisácea se colaba por las rendijas de la persiana. Miré el reloj digital en la mesita: 4:03 a.m.
¿Quién carajos se despierta a las cuatro de la mañana?
El colchón se movió. Sebastián se incorporó con esa eficiencia silenciosa que tenía para todo. Sentí su mano grande posarse un segundo en mi hombro, darme dos palmaditas suaves, casi paternales.
—Duerme —murmuró, voz ronca por el sueño—. Hasta que suene tu alarma. No te levantes todavía.
No respondí. Ni siquiera abrí los ojos del todo. Solo asentí vagamente contra la almohada.
Cuando mi alarma sonó a las cinco de la mañana, el pitido alegre y molesto me sacó de un sueño profundo y sin imágenes. Me incorporé despacio, frotándome los ojos. La habitación estaba iluminada por la luz pálida de febrero que entraba ya sin piedad por las rendijas. Miré el lado de Sebastián y estaba vacío, la sábana perfectamente estirada como si nadie hubiera dormido allí. Por un segundo pensé que todo había sido un sueño. Todo producto de mi imaginación cansada.
Me levanté, entré al baño. Me duché y me vestí para el trabajo, pantalón negro de vestir, camisa blanca sencilla, chaqueta ligera. Me recogí el pelo en una coleta baja, me puse un poco de máscara y gloss. Nada exagerado. Solo lo suficiente para no parecer que acababa de despertar de un coma.
Salí al pasillo. El ático estaba en silencio, pero no vacío. Olía a café recién hecho. Fui a la cocina y allí estaba él.
Sebastián estaba en la sala, de pie junto a la ventana grande, mirando la ciudad que empezaba a despertar. Traje gris oscuro impecable, camisa blanca, corbata azul marino anudada con precisión quirúrgica. El pelo todavía húmedo peinado hacia atrás, la barba recortada perfecta. Perfumado. Listo. Como si llevara horas despierto y no solo desde las cuatro de la maldita mañana.
Se giró cuando me oyó.
—Buenos días —dijo, con esa voz grave que ya me resultaba familiar. —Ahí hay café para ti.
—Buenos días —respondí, y me acerqué despacio a la isla de la cocina.
—¿Dormiste bien? —preguntó, tomando un sorbo de su taza sin apartar los ojos de mí.

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