—Hija —dijo mi madre, voz temblorosa, corriendo hacia la cama—. Nos llamó el hospital. Llamaron a tu número de emergencia. ¿Estás bien? ¿Qué pasó?
Mi padre se acercó más lento, pero sus ojos estaban fijos en mí, llenos de un miedo que me rompió el corazón.
—Chloe… —murmuró, voz ronca por la tos crónica.
Sebastián se enderezó despacio, soltándome con cuidado. Se levantó de la cama, pero no se apartó del todo. Se quedó a mi lado, como una sombra protectora.
Mi madre lo miró de arriba abajo, confundida. Mi padre frunció el ceño.
—Sebastián Blackwood —dijo simplemente, sin más. Solo su nombre y apellido, como si eso explicara todo.
Mis padres se miraron entre sí, sin entender. Mi madre volvió a mirarme, buscando respuestas en mi cara.
Sebastián tomó la palabra antes de que yo pudiera hablar.
—Hubo un accidente esta mañana —explicó, voz grave y controlada, aunque todavía se le notaba el temblor sutil—. El coche en el que venía Chloe chocó con un camión que no respetó el stop. El impacto fue lateral. Ella tiene conmoción leve, puntos en la sien, contusión en el hombro. El doctor Ramírez acaba de examinarla, no hay fracturas, no hay hemorragia interna. Solo necesita reposo absoluto. Analgésicos para el dolor y vigilancia. Si no hay complicaciones, la dan de alta esta tarde.
Mi madre se llevó la mano a la boca. Mi padre cerró los ojos un segundo, como si necesitara procesar las palabras.
—Gracias… gracias por estar aquí —dijo mi madre, voz quebrada, mirando a Sebastián—. No sabemos qué habría pasado si no hubiera alguien con ella.
Mi padre asintió despacio, apoyándose más en el bastón.
—Gracias, señor Blackwood —murmuró, con esa voz ronca que siempre me dolía oír—. Por avisarnos. Por no dejarla sola.
Sebastián inclinó la cabeza otra vez. No dijo “de nada”. Solo un gesto mínimo, como si no supiera qué hacer con el agradecimiento.
Mi madre se acercó a la cama y me abrazó con cuidado, evitando el hombro herido. Olía a lavanda barata y a viaje largo. Mi padre se inclinó lo que pudo y me besó la frente, la mano temblorosa en mi mejilla.
—No debieron venir así —les regañé, voz baja pero firme—. Papá no está para viajes largos. El bus, el frío… no es bueno para ti.
Mi padre soltó una risa corta, ronca, que terminó en tos. Se limpió la boca con el dorso de la mano.
—Estoy bien, hija —dijo, aunque los dos sabíamos que mentía—. ¿Cómo no iba a venir? Eres mi niña.

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