—Está bien —murmuró al fin—. Pero no creas que esto se queda así, ¿eh? Cuando salgas de aquí, vamos a sentarnos los cuatro. Y vas a contarnos todo. Desde el principio. Sin omitir ni una cosa.
Asentí, incapaz de hablar. Las lágrimas seguían cayendo, pero ya no intenté detenerlas.
Mi madre se inclinó y me besó la frente, despacio, como cuando era niña y tenía fiebre.
—Descansa, mi amor —susurró—. Nosotros no nos vamos a ninguna parte.
Se levantó con cuidado y miró a Sebastián por primera vez desde que la enfermera se fue. No era la mirada de desconfianza de antes, pero tampoco era cálida. Era… evaluadora.
—Gracias por cuidarla —dijo simplemente.
Sebastián inclinó la cabeza.
—Es mi esposa —respondió, como si eso lo explicara todo.
Y, de alguna forma extraña, en ese momento lo hizo.
Mi padre carraspeó, incómodo con tanto silencio emocional.
—Voy a buscar un café decente —anunció—. Este del hospital sabe a rayos. ¿Quieres algo, cariño?
Mi madre negó con la cabeza, pero le siguió de todos modos hacia la puerta. Antes de salir, se giró una última vez.
—Te queremos, Chloe. Aunque estés casada con tu jefe y no nos hayas dicho nada.
Sonreí a medias, con los ojos todavía húmedos.
—Lo sé, papá.

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