Sebastián se quedó quieto un segundo, como si mis palabras le hubieran dado un golpe que no esperaba. Bajó la mirada al suelo, los hombros tensos, y cuando volvió a hablar su voz salió más baja, casi ronca.
—Lo siento —dijo, y sonó sincero, sin excusas ni defensas—. Lo de no hablarte estos días… lo siento de verdad, Chloe.
Él se pasó una mano por la nuca, incómodo, como si le costara admitir lo que iba a decir.
—Pensé que no me querías cerca —admitió al fin—. Que preferías el espacio. Me convencí de que si me acercaba más, solo te iba a agobiar. Así que me quedé en mi oficina, trabajando hasta tarde, dándote el espacio que creí que necesitabas. Fue una estupidez. Debería haber preguntado. Debería haber hablado.
Tragué saliva, el nudo en la garganta apretando más fuerte. Las lágrimas volvieron a acumularse.
—No era distancia lo que quería —susurré—. Era… no sé. Algo. Cualquier cosa que me hiciera sentir que no estaba sola en esto. Que no era solo una empleada que firmó un papel y se mudó a tu casa como parte del trato.
Sebastián asintió despacio, los ojos fijos en los míos por primera vez en mucho rato sin esa barrera de frialdad.
—Lo sé ahora. Y lo siento. De verdad. No debí asumir. No debí dejar que pasaran los días sin decir nada.
Hizo una pausa, respiró hondo, como si estuviera juntando valor para lo siguiente.
—Pero si me quieres cerca… estoy aquí. Desde este momento. No me voy a ir a ninguna parte. Si necesitas que me quede en la habitación, que te traiga agua, que hable con los médicos, que esté sentado en silencio hasta que te duermas… lo haré. Si quieres que me vaya al pasillo para que estés sola un rato, también lo haré. Tú decides. Pero no voy a volver a desaparecer. No voy a asumir nada más.
Me quedé mirándolo, el pecho subiendo y bajando con respiraciones temblorosas. Las lágrimas seguían rodando, pero ahora había algo más mezclado, no alivio exactamente, sino una especie de cansancio que empezaba a ceder un poco.
—No sé si te quiero cerca —admití, la voz rota—. Pero… tampoco quiero que te vayas.
Sebastián inclinó la cabeza una sola vez, como si eso fuera suficiente respuesta.
—Entonces me quedo —dijo simplemente—. Aquí. Hasta que me digas lo contrario.
No respondió más. Solo se sentó de nuevo en la silla, un poco más cerca esta vez, y dejó las manos sobre las rodillas, sin tocarme, sin invadir. Solo presente.

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