Me quedé allí, recostada contra las almohadas que Sebastián había acomodado con tanto cuidado, escuchando los sonidos amortiguados de sus voces.
El collarín me apretaba el cuello como un recordatorio constante, no mires atrás, no gires rápido, no te muevas como si estuvieras bien. Porque no lo estaba. Ni física ni de ninguna otra forma.
Intenté cerrar los ojos, pero cada vez que lo hacía veía la cara de mi papá cuando el portero dijo “señores Blackwood”. Esa ceja alzada, esa pausa silenciosa que significaba mil preguntas que no hizo porque estaba demasiado cansado. Veía a mi mamá tocando la colcha como si fuera un regalo inesperado, como si estuviera agradecida de verdad por la “amabilidad” de mi “esposo”. Y cada imagen me apretaba el pecho más fuerte.
La puerta se abrió despacio. Era Sebastián.
Se quedó en el umbral un segundo, evaluando. No dijo nada al principio. Solo entró, cerró la puerta con cuidado para que no hiciera ruido y se acercó a la cama.
—¿Quieres que me vaya? —preguntó en voz baja.
Negué con la cabeza. No sabía qué quería, pero no quería estar sola con mis pensamientos.
Se sentó en el borde del colchón, lo suficientemente lejos para no invadir, lo suficientemente cerca para que supiera que no se iba a ir.
—Están instalados —dijo—. Tu mamá preparó té para todos. Tu papá está viendo la tele en el salón, pero creo que solo es para no tener que hablarme. Apenas si me miró.
Asentí. No tenía fuerzas para más.
Sebastián respiró hondo.
—Sé que esto es duro —continuó—. Tenerlos aquí. Verlos creer que todo es perfecto. Que somos… lo que no somos.
Las lágrimas volvieron, silenciosas pero imparables.
—No tienes que cargar con todo sola —dijo—. Yo también estoy mintiendo. Cada vez que les hablo, cada vez que les digo “gracias por venir”, cada vez que les ofrezco la habitación… estoy mintiendo. Y lo odio tanto como tú.
Lo miré. Por primera vez desde que empezó todo esto, vi algo parecido al cansancio en su cara. No el cansancio de trabajar hasta tarde, sino el de cargar con una mentira que se hace más pesada cada día.
Sebastián se quedó allí sentado en el borde de la cama, con las manos apoyadas en las rodillas.
Al fin hablé, con la voz todavía ronca de tanto llorar.
—¿Y si mi mamá pregunta por las fotos? ¿O por cómo empezó todo? No puedo improvisar sola, Sebastián. Me voy a quebrar si me pillan en una mentira distinta a la tuya.
Él asintió despacio, como si ya lo hubiera estado pensando.
—Entonces hablemos ahora. Planeemos exactamente qué decir. Para que no haya contradicciones. Si nos preguntan, respondemos lo mismo.
Tragué saliva, el nudo en la garganta apretando más.
—Vale… empecemos por las fotos. Si me pregunta por qué no hay ni una sola foto de la boda, ¿qué digo?

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