Miré a Sebastián sin querer. Él dio un paso adelante.
—Yo —dijo, simple y directo—. Me encargo.
El médico asintió sin más preguntas, firmó el alta y se fue. Mis padres se miraron entre sí, y vi cómo mi papá apretaba la mandíbula, pero no dijo nada.
Cuando nos quedamos solos otra vez, el aire se sintió más pesado. El sol ya se había escondido detrás de los edificios, y las luces del hospital empezaban a encenderse con ese tono frío y fluorescente.
Sebastián carraspeó.
—Señores… —empezó, dirigiéndose a mis padres con un tono formal que no usaba nunca conmigo—. Ya que Chloe tiene el alta, me gustaría invitarlos a quedarse en el apartamento esta noche. Hay espacio de sobra. Pueden descansar, estar cerca de ella. No es molestia.
Mi papá frunció el ceño de inmediato.
—No, gracias —dijo seco—. Buscaremos un hotel cerca. No queremos incomodar.
Mi mamá puso una mano en el brazo de mi papá, pero él ya estaba negando con la cabeza.
Sebastián no se inmutó.
—No es incomodidad —insistió, calmado pero firme—. Es práctico. Chloe necesita reposo absoluto. Si se queda sola en casa, aunque yo esté ahí, ustedes podrían ayudarla con cosas básicas, la comida, las medicinas, que alguien esté pendiente si se despierta con dolor. Y… —miró a mi mamá directamente— sé que quieren estar cerca de ella después de todo lo que pasó hoy. El hotel está bien, pero el apartamento está a quince minutos. Es más fácil. Por favor.
Hubo un silencio largo. Mi papá miró al suelo, golpeando el bastón contra el piso una, dos veces. Mi mamá me miró a mí, buscando en mi cara alguna señal.
Yo solo bajé la vista. No podía decir nada. Si hablaba, temía que se me escapara la verdad, que la “casa” de la que hablaba Sebastián era la suya, que yo era una inquilina temporal con un contrato firmado, que la otra habitación de invitados era la que me habían asignado a mí desde el primer día, y que la que ofrecía ahora era la que él usaba de oficina improvisada cuando no quería dormir en su habitación principal.
Pero no dije nada. Solo asentí levemente, como si estuviera de acuerdo.
Mi mamá suspiró.
—Está bien —dijo al fin, mirando a mi papá—. Solo por esta noche. Mañana vemos.
Mi papá gruñó algo ininteligible, pero no protestó más.
Sebastián asintió, visiblemente aliviado aunque no lo demostrara.
—Perfecto. Voy a preparar el alta y el papeleo. En veinte minutos salimos.

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