Sebastián se quedó apoyado contra la puerta un segundo más, respirando como si el aire se le hubiera terminado. Sus manos seguían temblando cuando se las pasó por la cara, desordenándose el pelo más de lo normal.
—Tus padres están ahí —dijo, la voz quebrada por el pánico puro—. En el salón, con el café, hablando entre ellos. Y mi abuelo está afuera, en la puerta, esperando que le abra. Coño, Chloe, ¿y si entra y les pregunta por la boda? ¿Y si les dice algo como “¿desde cuándo sabían que se casaron?” o “¿por qué no los invitaron?”? Ellos van a decir la verdad, que no sabían nada hasta ayer, que se enteraron cuando los llamaste para contarles lo del accidente. Y si él oye eso… va a sumar dos más dos. Va a saber que todo esto es una farsa improvisada.
Empezó a caminar en círculos pequeños por la habitación, el espacio reducido del apartamento amplificando cada paso nervioso. Se paraba, se giraba, se volvía a parar. Parecía a punto de hiperventilar.
—No puedo abrirle —murmuró—. Si entra y ve a tus padres aquí, tan tranquilos, tan felices porque creen que soy el yerno perfecto… y luego les pregunta directamente “¿sabían de la boda antes?” y responden “no, nos enteramos ayer”… se acabó. Va a oler la mentira a kilómetros. Va a empezar a hacer preguntas, a presionar. Y yo no sé si voy a poder mentir bien delante de él. Nunca he podido.
Me incorporé un poco contra las almohadas, ignorando el pinchazo en el cuello.
—Sebastián —dije con voz calmada, aunque por dentro también sentía el pulso acelerado—. Ven aquí. Mírame.
Él se detuvo, pero no se acercó de inmediato. Siguió paseando un segundo más, como si moverse lo ayudara a pensar.
—Sebastián —repetí, más suave—. Siéntate un segundo.
Se acercó por fin y se dejó caer en el borde de la cama, con los codos en las rodillas y la cabeza entre las manos.
—mis padres no van a decir nada fuera de lugar —le expliqué despacio, poniéndole una mano en el antebrazo para que dejara de temblar—. Ellos creen que esto es real. Mi mamá está encantada contigo, piensa que eres atento, que me cuidas. Mi papá está… sorprendido, pero no va a soltar nada que me haga quedar mal. No van a responder “no sabíamos nada” como si fuera un secreto vergonzoso. Van a decir que fue una sorpresa, que fue rápido porque las cosas se dieron así, que están felices por mí. Porque para ellos es verdad. No van a traicionarnos sin querer. Mi madre, sobre todo, no dirá nada que me exponga. Siempre me ha cubierto, incluso cuando yo misma me metía en problemas.
Él levantó la vista, los ojos todavía brillantes de estrés.
—¿Y si les pregunta directamente? ¿Si les dice “¿sabían de la boda antes de que ocurriera?”?
—Mi mamá no dirá nada que nos hunda —respondí firme—. Si nota que hay algo raro, va a suavizarlo. Dirá que fue tan repentino que no dio tiempo a nada formal, o que yo estaba esperando el momento adecuado para contárselo. Confía en mí. Ella no va a dejar que me caiga nada encima.
Sebastián soltó el aire despacio, como si estuviera intentando absorber mis palabras una por una.
—Está bien… está bien —murmuró—. Pero tengo que abrirle. No puedo dejarlo ahí afuera eternamente. Va a sospechar más si no lo hago.
Asentí.
—Ve. Abre. Quédate tranquilo. Respira hondo antes. Somos un equipo, ¿recuerdas? Si las cosas se ponen feas, yo bajo aunque me duela el cuello. Pero ahora ve y ábrele. Mis padres van a estar bien.
Él me miró un segundo largo, como si mis palabras fueran lo único que lo mantenía en pie. Luego asintió, una sola vez, decidido.

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