Sebastián se quedó apoyado contra la puerta cerrada un momento más, con la frente pegada a la madera como si necesitara que el frío la calmara. Luego soltó otro suspiro largo, casi un gemido, y se apartó despacio.
Yo me quedé mirándolo, todavía recostada contra las almohadas, con el collarín recordándome cada respiración profunda. El silencio en la habitación era espeso, pero no el mismo de antes. Este era más liviano, como si el aire hubiera entrado por una ventana que alguien abrió sin darnos cuenta.
La puerta de la habitación se abrió otra vez. Sebastián entró solo. Cerró con cuidado, dio dos pasos hacia la cama y, sin decir nada, se dejó caer de espaldas sobre el colchón a mi lado. No con gracia, no con cuidado. Se desplomó como si le hubieran cortado los hilos. El colchón se hundió bajo su peso y yo me moví un poco para no rodar hacia él.
Estaba sudando frío. Lo vi en la frente brillante, en cómo se pasaba la manga por la cara, en cómo su pecho subía y bajaba demasiado rápido. La camisa se le pegaba un poco al cuello. Parecía que acababa de salir de una sauna en lugar de un salón con café y suegros improvisados.
No pude evitarlo. Empecé a reírme. Primero fue una risa baja, contenida, porque el collarín no me dejaba abrir mucho la boca. Luego se me escapó más fuerte, aunque intenté tapármela con la mano.
Sebastián giró la cabeza hacia mí, todavía tumbado de espaldas, con los ojos muy abiertos.
—¿De qué te ríes? —preguntó, la voz ronca, entre ofendido y aliviado.
Me limpié una lágrima que se me había escapado de la risa.
—Te lo dije —dije entre carcajadas suaves—. Te dije que todo estaría bien. Que mis padres no dirían nada raro. Que mi mamá no nos iba a dejar caer. Y mira… el abuelo entró, miró, dijo “cuídate” y se fue. Sin preguntas. Sin drama. Sin nada.
Él se quedó callado un segundo, mirándome como si no pudiera creérselo. Luego soltó una risa corta, casi incrédula, y se cubrió los ojos con el antebrazo.
—Si —murmuró—. Pero es que mi abuelo… cuando aparece así, sin avisar, yo… pierdo la cabeza. Pensé que iba a empezar a interrogar a tus padres como si fueran testigos en un juicio. Pensé que iba a preguntar por las fotos, por la fecha exacta, por todo. Y ellos iban a decir “¿boda? ¿qué boda? Nos enteramos hoy por teléfono porque nuestra hija tuvo un accidente de auto”.
Me reí más fuerte, aunque me dolía un poco el cuello al hacerlo.
—Pero no lo hizo. Solo miró. Y se fue. Y tus padres siguen ahí, probablemente ofreciéndole más café y contándole lo atento que eres conmigo.
Sebastián bajó el brazo y me miró de lado. Todavía sudaba, pero la tensión en su cara se había aflojado un poco. Los hombros ya no estaban pegados a las orejas.

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