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La esposa de Blackwood romance Capítulo 38

Sebastián dejó el vaso vacío en la mesita y se enderezó un poco, todavía inclinado hacia mí, con una mano apoyada en el colchón cerca de mi cadera para mantener el equilibrio. Me miró fijamente, buscando en mi cara alguna señal de que el dolor seguía fuerte.

—¿Mejor? —preguntó en voz baja, la ronquera del sueño todavía pegada a su garganta—. Dime si necesitas más agua o si quieres que te traiga algo frío para la frente.

Yo abrí la boca para responder, pero las palabras se me quedaron atascadas. Mis ojos bajaron involuntariamente otra vez, solo un segundo, al bulto evidente en sus pantalones de pijama. La tela gris clara no dejaba lugar a dudas, estaba duro, grueso, presionando contra la costura como si quisiera escapar. La luz tenue de la mesita lo hacía aún más obvio, dibujando cada contorno sin piedad.

Y entonces él lo notó.

Siguió mi mirada. Bajó los ojos despacio, como si no entendiera al principio por qué yo me había quedado callada. Cuando vio lo que yo veía, su cara cambió en un instante: los ojos se abrieron de golpe, las mejillas se le encendieron de rojo intenso, y dio un paso atrás torpe, casi tropezando con el borde de la alfombra.

—Coño… —murmuró, la voz quebrada entre vergüenza y sorpresa. Se llevó una mano instintivamente al frente, intentando cubrirse, pero el gesto solo hizo que la tela se tensara más y el movimiento fuera aún más evidente—. Lo… lo siento. No… no me di cuenta.

Se giró medio de espaldas, pasándose la otra mano por el pelo con fuerza, como si quisiera arrancárselo. El rubor le subía hasta las orejas.

—No es… no es por ti —balbuceó, aunque los dos sabíamos que era mentira—. O sea, sí es, pero… joder, Chloe, acabamos de pasar por un día de m****a y yo… no sé qué me pasa. El estrés, el sueño, tú aquí… no lo controlo.

Yo me mordí el labio para no reírme, aunque el dolor de cabeza seguía latiendo. El momento era tan incómodo y tan humano que casi resultaba tierno.

—No pasa nada —dije en voz baja, intentando sonar tranquila—. No te preocupes. Creo que es algo normal.

Él se giró un poco hacia mí, todavía cubriéndose con la mano, la cara ardiendo.

—¿Normal? —repitió, casi incrédulo—. Me despierto en medio de la madrugada con una erección de campeonato delante de ti, después de haber fingido ser tu marido perfecto delante de tu familia y de mi abuelo psicópata. No es normal, Chloe. Es… ridículo.

Esta vez sí se me escapó una risa suave, aunque intenté contenerla.

—No es ridículo. Es… humano. Y honesto. Más honesto que todo lo que hemos estado fingiendo estos días.

Se quedó quieto, mirándome. El rubor no se iba, pero la tensión en sus hombros bajó un poco. Bajó la mano despacio, aunque se quedó de lado para que no fuera tan obvio.

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