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La esposa de Blackwood romance Capítulo 39

Me recosté de nuevo contra las almohadas, cerrando los ojos. El ibuprofeno empezaba a hacer efecto, o quizás era el calor de saber que, por primera vez, no había nada fingido entre nosotros en ese momento. Ni mentiras, ni contratos, ni abuelos vigilantes.

Cuando abrí los ojos de nuevo, la habitación ya no estaba oscura. La luz del amanecer se colaba por las rendijas de la persiana, pintando rayas doradas en la pared. El reloj marcaba las 7:12. Me dolía todo, el cuello rígido por el collarín, los hombros tensos, la espalda como si hubiera dormido en una tabla. Y sentía la piel pegajosa, el pelo aplastado, el olor a sudor y estrés de ayer todavía pegado al cuerpo.

Necesitaba una ducha. Urgente.

Me levanté como pude y caminé al baño encerrándome en él,

Intenté desvestirme sola. Error. El movimiento tiró del collarín y un pinchazo me recorrió desde la nuca hasta la base del cráneo. Solté un gemido y me quedé quieta, respirando despacio.

Sebastián tocó la puerta casi enseguida.

—¿Qué pasa, Chloe? —preguntó desde la puerta, con la voz todavía espesa de sueño.

—Quiero… ducharme —dije, casi en un susurro avergonzado—. Pero no puedo ni mover el cuello bien. Me duele todo.

—¿Necesitas Ayuda? —preguntó aun a través de la puerta.

—Creo que sí.

—¿Puedo pasar?

—Adelante.

—Necesito ayuda —admití, sintiendo que la cara me ardía—. Para… quitarme la ropa. El sujetador. Todo. No llego a los broches con el collarín puesto. Y si me lo quito mal, me voy a hacer daño.

Se quedó callado un segundo. Procesando.

—Ah.

El silencio fue incómodo. Muy incómodo.

—Podría pedirle a mi mamá —dije rápido, mirando al techo para no mirarlo a él—. Ella me ayudaría. Pero… si le pido a ella y no a ti, va a pensar que algo no cuadra. Que no confío en mi “marido” para algo tan básico. Va a sospechar. Y después de lo de anoche con tu abuelo… no podemos arriesgarnos.

Sebastián soltó el aire despacio, como si estuviera reuniendo valor.

—Tienes razón —dijo al fin, con voz neutra pero las orejas ya empezando a enrojecer—. Yo te ayudo.

Abrió el grifo de la ducha para que el agua empezara a calentar, y cerró la puerta detrás de nosotros.

El baño era enorme, pero se sentía pequeño para dos personas y tanta vergüenza acumulada.

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