Sebastián no apartó la mirada. Tragó saliva, pero respondió sin titubear.
—En ese momento, lo sé ahora, no lo pensé bien —admitió, con la voz baja pero firme, como si estuviera confesando un pecado en una iglesia—. Debería haber ido con ustedes primero, sentarme con ustedes y pedir la mano de Chloe como se merece. Debería haber seguido el orden correcto, el respeto que se debe. Pero... los enamorados cometen locuras, señor. Y esta fue una de ellas. Fue impulsivo, lo reconozco. Pero no me arrepiento de amarla. Solo de no haberlo hecho mejor por ustedes.
Mi papá lo miró fijamente, procesando cada palabra. Su expresión no cambió mucho; seguía con esa máscara de piedra que ponía cuando evaluaba a alguien. Pero noté que sus hombros se relajaron un poco, como si las palabras de Sebastián hubieran perforado una capa de su armadura. Mi mamá, por otro lado, parecía a punto de derretirse. Sus ojos se habían suavizado, y tenía esa sonrisa tierna que reservaba para las películas románticas que veía los domingos por la tarde.
—Ay, Sebastián —dijo ella, rompiendo el silencio con un suspiro—. Eres un romántico empedernido. Me recuerdas a tu suegro cuando éramos jóvenes. Él también cometió unas cuantas locuras por mí.
Mi papá bufó, pero no lo negó. En cambio, se recostó en el sofá y cruzó los brazos, como dando por cerrado ese tema por ahora.
—Bien, bien —gruñó—. Al menos admites el error. Eso dice algo de ti.
El alivio me recorrió como una ola tibia. Por un segundo, pensé que habíamos pasado la tormenta. Pero mi mamá, siempre la curiosa, no podía dejarlo ahí. Se inclinó hacia adelante, con los ojos brillantes de expectación.
—¿Al menos puedo ver las fotos de la boda? —preguntó, casi suplicante—. Algo, por favor. ¿Fue en una iglesia? ¿En el registro civil? ¿Llevabas un vestido blanco, Chloe? ¡Cuéntenme todo!
Sebastián y yo nos miramos de reojo. Habíamos planeado esto, claro.
—El fotógrafo aún no nos las ha entregado —dije yo, tratando de sonar casual, como si fuera lo más normal del mundo—. Fue algo rápido, mamá. Solo nosotros dos y un par de testigos en el registro. Nada grande. Pero tan pronto como las tengamos, te las enviamos. Te lo prometo.
Mi mamá frunció el ceño, decepcionada pero no enfadada.
—¿Nada grande? ¿Mi única hija se casa y no hay fotos inmediatas? Ay, Chloe, me vas a matar de la curiosidad. Al menos dime cómo fue el vestido. ¿Elegante? ¿Sencillo?
—Sencillo —respondí, improvisando sobre la marcha—. Blanco, con encaje en las mangas. Nada extravagante. Sebastián llevaba un traje negro que le quedaba perfecto.

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