Mi mamá miró a mi papá, preocupada, como si temiera que la conversación se saliera de control.
—Amor, cálmate. Son jóvenes. Cometen errores.
Pero mi papá no se calmaba. Se levantó del sofá, paseando por el salón con las manos en los bolsillos, como hacía cuando estaba procesando algo grande.
—Tres años, Chloe —repitió, levantándose y caminando hacia los ventanales—. Tres años de llamadas donde te oía exhausta, preocupada por ti. Te decía que dejaras ese trabajo infernal, que yo podía buscar un trabajo. Y todo este tiempo, ¿estabas con él? ¿Viviendo una doble vida? ¿Por qué no dijiste nada? ¿Tenías miedo de que no lo aprobara?
Las lágrimas me picaron en los ojos. No era solo la mentira; era la culpa real que sentía por haberlos mantenido al margen, aunque la historia fuera falsa.
—No tenía miedo, papá —mentí, con la voz quebrada—. Solo... quería estar segura. Quería que vieran lo feliz que soy ahora, no empezar con dudas.
Él se giró hacia mí, y por primera vez vi algo más que enfado en sus ojos: decepción.
—Segura —repitió, sarcástico—. Y mírate ahora: con un collarín, después de un accidente que bien podría haber sido evitado si no estuvieras corriendo de un lado a otro por "trabajo". ¿Es esta la felicidad de la que hablas?
Sebastián se levantó, poniéndose a mi lado como un escudo.
—Señor, por favor. Chloe es fuerte, pero sí, he sido parte del problema. La he hecho trabajar demasiado. Pero eso cambia ahora. Le prometo que la cuidaré mejor. Que equilibraremos las cosas.
Mi papá lo miró de arriba abajo, evaluándolo una vez más.
—Espero que sí, muchacho. Porque si no, no habrá anulación que valga; yo mismo me encargo.
El silencio cayó pesado sobre el salón. Mi mamá intentó aligerar el ambiente con una oferta de más café, pero nadie aceptó. Yo me quedé sentada, sintiendo el peso de las mentiras acumuladas. Tres años. ¿Cómo íbamos a salir de esta sin que todo se derrumbara?
Pasaron los minutos, eternos. Mi papá volvió a sentarse, pero su mirada no se suavizaba. Empezó a preguntar más detalles: cómo nos habíamos "enamorado", qué planes teníamos para el futuro, si pensábamos en hijos pronto. Cada respuesta era una cuerda floja que caminábamos juntos, Sebastián y yo, rozándonos las manos en secreto para darnos fuerza.
Sebastián le echó leña a la hoguera.
—Chloe me desafiaba. No como empleada, sino como persona. Me hacía reír en momentos de estrés. Un día, después de una reunión terrible, la invité a cenar. No como jefe, sino como yo.

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