Bajó sin desayunar conmigo. Oí la cafetera, el clic del termo, la puerta principal cerrándose con ese golpe preciso que ya me resultaba familiar. La casa quedó muda otra vez.
Pasé la mañana en el sofá, aburrida.
A las 11:17 sonó mi móvil. Era él. El nombre apareció en la pantalla, Sebastián Blackwood. Como en la agenda de contactos de trabajo.
Contesté al segundo tono.
—¿Sí?
—Chloe —dijo sin saludo—. Necesito que me confirmes el número de la cuenta bancaria de proveedores internacionales que usamos para el pago a la filial de Singapur. El del trimestre pasado. El que termina en 4782 o 4789, no recuerdo cuál.
Su voz era cortante, impaciente. El mismo tono que usaba cuando yo llegaba dos minutos tarde con el café o cuando un informe tenía un decimal mal colocado.
Tragué saliva. Me incorporé un poco, aunque el cuello protestó.
—Es el que termina en 4782. Lo tengo guardado en la carpeta “Pagos Internacionales” del drive compartido, subcarpeta “Singapur Q4”. El archivo se llama “Cuentas_Proveedores_2025.xlsx”, pestaña “Asia”.
Hubo un silencio de dos segundos. Lo oí teclear.
—Bien. Eso es todo.
Y colgó.
Sin “gracias”. Sin “¿cómo estás?”. Sin “¿te duele el cuello?”. Nada.
Me quedé mirando la pantalla negra del móvil un buen rato. El nudo en el estómago se apretó más. No era sorpresa. Era decepción. Porque una parte estúpida de mí había esperado… ¿qué? ¿Que preguntara por mí? ¿Que dijera algo humano? ¿Que al menos fingiera un poco más, aunque fuera por teléfono
No. Él no fingía cuando no había público. Y yo ya no era más que su asistente en reposo forzado.
El resto del día pasó lento, viscoso. Almorcé una ensalada que no me apetecía. Vi la lluvia golpear la ventana del salón. Respondí un mensaje de mi mamá con otra mentira piadosa: “Todo bien, mamá. Sebastián me está cuidando mucho”. Cada palabra me sabía a bilis.
A las siete de la tarde oí la llave otra vez. Entró empapado por la lluvia, el traje oscuro pegado al cuerpo, el pelo húmedo pegado a la frente. Dejó el maletín en la entrada con un golpe sordo, se quitó los zapatos sin mirarme y subió directo al baño.
No dijo hola. No preguntó cómo había estado.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La esposa de Blackwood