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La esposa de Blackwood romance Capítulo 48

No había suavidad en la pregunta. Era directa, práctica, como si estuviera consultando la agenda de reuniones.

Me quedé quieta un segundo, procesando. El collarín me impedía girar la cabeza rápido, así que solo moví los ojos hacia su silueta oscura.

—Mañana es mi último día de reposo —respondí con voz neutra—. El médico dijo tres días más después del accidente, y ya van cumplidos. Pero si me necesitas en la oficina… puedo ir mañana.

Lo dije sin pensar demasiado, porque era lo que siempre había hecho: estar disponible. Siempre. Aunque el cuerpo me doliera, aunque tuviera ganas de gritar.

Sebastián se giró un poco hacia mí. No encendió la luz, pero sentí su mirada clavada en mi perfil.

—No te estoy pidiendo que vuelvas antes —dijo, y por primera vez en todo el día su tono bajó un poco el filo—. Es solo que la oficina es un desastre sin ti. Nadie sabe dónde están los archivos de la junta del mes pasado. El nuevo asistente temporal que me mandaron de otro departamento, para cubrirte dejó el drive hecho un caos. Es una pérdida de tiempo absurda contratar a alguien más si no estás tú para entrenarla. Escúchame, Chloe… —hizo una pausa, como si buscara las palabras exactas— eres mi esposa y yo, más que nadie, quiero y necesito que te recuperes. No quiero que sientas que te presiono. Pero la oficina no funciona sin ti.

Las palabras me golpearon de dos formas al mismo tiempo.

Por un lado, sentí un calor extraño en el pecho. “Eres mi esposa”. “Más que nadie quiero que te recuperes”. Sonaba casi… humano. Casi cariñoso.

Por otro lado, me sentí como un engranaje indispensable en su máquina. No como Chloe. Como la asistente ejecutiva que mantenía todo en pie. La que organizaba, archivaba, anticipaba, corregía. La que él necesitaba para que su imperio no se tambaleara.

No sabía si sentirme alagada o insultada. Probablemente las dos cosas a la vez.

Me incorporé un poco sobre los codos, ignorando el tirón en el cuello.

—Sé que no te sientes bien aún —admitió al fin—. Y por eso no te estoy ordenando que vengas mañana. Solo… te estoy diciendo cómo están las cosas.

Asentí despacio.

—Para que no tengas problemas legales con el seguro o con Recursos Humanos, volveré pasado mañana. Mañana termino el reposo oficial. Así nadie puede decir que te aprovechas de tu “esposa” para hacerla trabajar antes de tiempo.

Sebastián soltó el aire que había estado conteniendo. Fue un sonido casi de alivio.

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