Tomé aire por la nariz, despacio, intentando que el gesto no se notara. Su mano cubría la mía sobre la mesa de madera oscura, cálida, pesada de una forma que no tenía nada que ver con la temperatura. Era el peso de lo que significaba ese contacto ahora: público, intencional, necesario para la fachada que habíamos construido con tinta y firmas hacía apenas unas semanas.
No retiré la mano. No podía. No cuando cualquier persona en la sala, podía convertirse en el primer testigo involuntario de un rumor que Sebastián y yo ni siquiera nos tomábamos la mano.
Pero tampoco conseguí relajarme.
Sentí el pulgar de él trazando un círculo lento sobre mis nudillos y mi estómago se contrajo en un nudo seco. No era asco. Era incomodidad cruda, casi física. Como si mi piel recordara antes que mi cabeza que esto seguía siendo un acuerdo. Que las noches en la misma cama, no eran por deseo ni intimidad, sino por precaución. Porque la familia Blackwood tenía la costumbre de aparecer sin avisar, con llaves de repuesto y ojos que no perdonaban ni un detalle fuera de lugar. Porque cualquier habitación separada habría sido la primera grieta visible en la historia que necesitábamos vender, matrimonio real, unión inquebrantable, heredero consolidado.
Ahora, su mano estaba ahí. Deliberada. Y aunque entendía perfectamente por qué, porque la fachada tenía que ser impecable, porque los ojos siempre estaban puestos en los Blackwood, otra parte de mí quería apartarse. Quería poner un metro de mesa entre nosotros. Quería recordarle, aunque fuera solo con el lenguaje corporal, que esto no era real. No del todo. Que el anillo en mi dedo era una garantía contractual, no una promesa.
—Chloe —dijo él en voz baja, sin soltarme—. Mírame.
Lo hice, y sus ojos grises seguían siendo los mismos, afilados, capaces de diseccionar un informe financiero en segundos y a mí en menos. Pero ahora había una pregunta muda en ellos.
—No me mires así —murmuré—. No estoy huyendo. Solo… no estoy acostumbrada.
—¿A qué? —preguntó, aunque su tono indicaba que ya lo sabía.
—A que me toques en público. A que sea parte del guion.
Él no apartó la mirada, pero su pulgar dejó de moverse.
—Es parte del guion porque tiene que serlo —dijo con esa calma quirúrgica que usaba en las negociaciones imposibles—. Si no lo hacemos creíble, mi abuelo no va a parar. Ethan estará rondándome, los abogados van a husmear. Y entonces todo se desmorona, tu deuda sigue ahí, el control de la empresa pasa a manos que no queremos, y volvemos al punto cero. Peor que cero.
—Lo sé —respondí. Y era verdad. Lo sabía con cada neurona racional que me quedaba.
Pero el cuerpo no siempre obedece a la razón.
Bajé la vista a nuestras manos unidas. La mía parecía más pequeña, más vulnerable. Y odiaba sentirme vulnerable.
—Entonces dime qué necesitas —dijo él, bajando aún más la voz—. Porque si esto te incomoda tanto, paramos. Ahora mismo. Puedo soltar tu mano, pedir la cuenta y volver al despacho como si hubiéramos almorzado por separado. Pero tienes que decírmelo claro. Sin medias tintas.
Levanté la mirada otra vez. Había honestidad cruda en su tono. No romanticismo. No promesas vacías. Solo pragmatismo limpio.

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