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La esposa de Blackwood romance Capítulo 59

Eran las nueve y doce cuando él salió de su oficina, chaqueta ya en el brazo, corbata guardada en el bolsillo. Se paró en el umbral de cristal y me miró.

—Vámonos —dijo con ese tono seco y familiar que usaba al final de los días largos.

Cerré el portátil sin preguntar. Guardé la tablet en el bolso, me puse el abrigo y lo seguí hacia el ascensor privado. No hablamos en el descenso. Solo el zumbido suave del motor y el pitido al llegar al garaje.

Ya en el coche, él arrancó sin prisa. La ciudad estaba encendida: faros, semáforos, neones. Puso la calefacción un poco más alta porque sabía que siempre tenía frío después de estar tantas horas sentada.

Después de unos minutos de silencio cómodo, giró la cabeza apenas.

—¿Te apetecen hamburguesas? —preguntó—. Como la otra vez.

—Claro que sí —respondí, y por primera vez en todo el día sonreí de verdad.

Para nuestra desgracia, el restaurante de la vez pasada, estaba cerrado, así que caminamos un poco a uno cercano, que según Sebastián, no era tan bueno, pero era comestible.

Entramos y pedimos dos hamburguesas, una ración grande de patatas, una Coca-Cola para mí y una botella de agua para él. Nos sentamos en la mesa del fondo, pegada a la ventana que daba a la calle.

—¿Sabes qué es lo que más echo de menos de cuando era niña? —dije de repente, limpiándome la comisura de la boca con una servilleta—. Las tardes de verano en el patio trasero de mi abuela. Tenía un columpio viejo de madera que chirriaba como si se fuera a romper en cualquier momento. Me pasaba horas ahí, balanceándome, mirando las nubes y pensando que algún día iba a volar.

Sebastián masticó despacio, escuchando.

—¿Y volaste alguna vez? —preguntó, con esa media sonrisa que no llegaba a ser burlona.

—No literalmente —reí—. Pero sí me escapé un par de veces. La primera vez tenía nueve años. Me llevé una mochila con galletas, un libro y un bote de cristal con luciérnagas que había atrapado la noche anterior. Pensé que iba a vivir en el bosque como en los cuentos. Llegué hasta el final de la calle y me entró el miedo. Volví corriendo a casa llorando porque creía que mi madre me iba a castigar por

haber “huido”. Al final me abrazó y me dijo que el bosque no se iba a mover de sitio, que podía volver cuando quisiera. Pero nunca volví a intentarlo.

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