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La esposa de Blackwood romance Capítulo 7

Mis dedos se congelaron en el nudo de la corbata. El whisky que acababa de beber se convirtió en plomo en mi estómago.

—¿Qué… qué acabas de decir?

Sebastián no apartó la mirada. Sus ojos grises parecían más oscuros bajo la luz tenue del penthouse, casi negros. La corbata ya estaba suelta entre mis manos temblorosas, pero no me atreví a soltarla. Era como si aferrarme a esa tira de seda fuera lo único que me mantenía en pie.

—Dije —repitió él con esa calma quirúrgica que usaba cuando estaba a punto de cerrar un trato imposible— que vamos a tener que hacer este matrimonio real, Chloe.

El aire se me escapó de los pulmones en un jadeo corto, casi inaudible. Mi mente se partió en dos direcciones al mismo tiempo.

Una parte de mí quería reír, histérica, porque aquello sonaba a broma cruel. ¿Real? ¿Él y yo? ¿En la cama, en la vida, en todo lo que implicaba “real”? La misma persona que había firmado un contrato de matrimonio con cláusulas más detalladas que un acuerdo de fusión empresarial, la que me había besado hace apenas unas horas “para practicar”, la que acababa de decirme que defenderme en la cena no había sido por mí… ¿ahora quería que fuéramos un matrimonio de verdad?

La otra parte, la que todavía sentía el calor de su cuello bajo mis dedos, la que había notado cómo su respiración se había acelerado un segundo cuando me acerqué, se quedó completamente en blanco. Terror, curiosidad y algo más oscuro y caliente se arremolinaron en mi pecho hasta que no pude distinguirlos.

—¿Estás… hablando en serio? —Mi voz salió más aguda de lo que pretendía.

Sebastián inclinó la cabeza apenas un milímetro, como si evaluara si yo era capaz de entender lo que venía a continuación.

—Mi abuelo no se tragó ni una sola palabra de nuestra historia. —Hizo una pausa, y por primera vez esa noche vi un destello de algo que no era control absoluto. ¿Ira? ¿Cansancio?—. Me lo dijo claramente en el estudio. “No me creo el cuento del amor secreto de tres años, Sebastián. Ni por un segundo”. Dice que si descubre que esto es una farsa, si encuentra aunque sea una sola prueba de que te compré, me quitará la empresa. Todo. Las acciones, el control, la presidencia. Me dejará con el nombre y nada más.

Tragué saliva. El whisky me quemó la garganta al bajar.

—¿Y qué tiene que ver eso con… con hacer el matrimonio real?

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