Estaban sentados en el sofá grande del salón, como si fueran dueños del lugar. Artur Blackwood, el patriarca, en el centro, con su bastón apoyado en la rodilla y una expresión que intentaba ser severa pero tenía un toque de diversión contenida. A su lado, Ethan, con los brazos cruzados y una ceja arqueada en lo que parecía una mezcla de envidia y burla. Luego la tía Elena, mirando hacia otro lado como si no hubiera visto nada. Y su esposo, Roberto, que parecía el más incómodo de todos, cambiando de peso en el asiento.
El silencio duró un segundo eterno. Sentí el calor subir a mis mejillas. No era vergüenza exactamente, después de todo, éramos marido y mujer, legalmente y ahora emocionalmente, pero era esa incomodidad de ser pillados en un momento íntimo que no estaba destinado a público. Solté la mano de Sebastián despacio, avergonzada, y di un paso atrás. Él, en cambio, no se movió tanto. Solo enderezó los hombros, su expresión pasando de sorpresa a irritación en un parpadeo.
—¿Qué demonios hacen aquí? —preguntó Sebastián, la voz baja pero afilada como un cuchillo. No era un saludo. Era una acusación.
Artur levantó una mano, como si quisiera calmar las aguas, pero Ethan fue el primero en hablar, con esa sonrisa falsa que siempre me ponía los nervios de punta.
—Vaya, vaya. Parece que interrumpimos algo. ¿O deberíamos decir “felicidades”? Se les ve… muy unidos.
Roberto murmuró algo sobre “no queríamos molestar”, pero Sebastián no les dio tiempo a más excusas. Dio un paso adelante, bloqueándome un poco con su cuerpo, como si quisiera protegerme de la intrusión.
—Estamos recién casados —dijo, la voz ahora en modo enojado, fría y controlada, pero con un filo que hacía que el aire se espesara—. Esto es normal en unos recién casados. Besarnos en nuestra propia casa. ¿Qué esperaban? ¿Una reunión de negocios a las siete de la tarde?
Artur suspiró, golpeando ligeramente el bastón contra el suelo.
—Hijo, no es para tanto. Somos familia. Siempre hemos entrado así. Las llaves son para eso.
Sebastián negó con la cabeza, los ojos entrecerrados.
—No, abuelo. Ahora ustedes deberían avisar que viene. Llamar. Pedir permiso. No entrar a mi casa sin ser invitados, como si esto fuera una extensión de la mansión familiar. Si esto vuelve a pasar, cambiaré las cerraduras. Todas. Y no os daré copias nuevas.
Hubo un silencio pesado. Ethan abrió la boca para protestar, pero Artur lo detuvo con una mirada. El patriarca se veía avergonzado, las mejillas un poco rojas bajo la barba blanca. Se aclaró la garganta.
—Tienes razón, Sebastián. No pensamos. Lo sentimos. De verdad. No volverá a pasar.
Elena asintió rápidamente.
—Claro que no, querido. Solo queríamos… verlos.
Roberto murmuró un “sí, perdón” que sonó genuino.
Sebastián respiró hondo, relajando un poco los hombros. No les dijo que se fueran. No era su estilo echar a la familia, por mucho que le irritara. En cambio, se giró hacia mí, me miró un segundo para asegurarse de que estaba bien, y luego señaló el sofá.
—Bien. Ya que estan aquí, siéntense. Pero la próxima vez, llamen. Ahora, ¿qué quieren?
Me senté en el sillón individual, todavía con el pulso acelerado. Sebastián se sentó a mi lado, su pierna rozando la mía en un gesto sutil de apoyo. La familia se acomodó mejor, el ambiente todavía tenso pero empezando a aflojarse.
Artur tomó la palabra primero.
—Vinimos porque… bueno, después de mi visita a la oficina, quería disculparme en persona. Fui demasiado brusco. Demasiado… patriarcal, como siempre. Pero verlos así ahora… me alegra. Me alegra ver que no es solo un papel.
Ethan rodó los ojos, pero no dijo nada. Elena sonrió suave.
—Y yo quería conocerte mejor, Chloe. Eres parte de la familia ahora. Trajimos una botella de vino de la bodega familiar. Para celebrar.
Roberto levantó una bolsa que tenían al lado, sacando una botella antigua con etiqueta dorada.
Sebastián miró la botella un segundo, luego a mí.
—Gracias —dijo, más calmado—. Pero Chloe está con medicamentos. Nada de alcohol por ahora.
Elena asintió comprensiva.
—Claro, claro. Entonces, ¿té? ¿Café?
Accedí con una sonrisa tentativa. Me levanté para preparar algo en la cocina, pero Sebastián me detuvo con una mano en el brazo.
—Quédate. Yo lo hago.
Lo vi ir a la cocina, moviéndose con esa eficiencia suya que siempre me calmaba. La familia me miró, expectante.

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