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La esposa de Blackwood romance Capítulo 63

El corazón me dio un vuelco.

—¿De verdad? —pregunté, la voz temblorosa.

—De verdad.

Me acerqué. Me puse de puntillas. Lo besé yo esta vez. Suave al principio, luego más profundo. Sus manos subieron a mi cintura, me apretaron contra él. No había urgencia animal como la noche anterior. Solo ternura. Calor limpio. Promesa.

Cuando nos separamos, sonreí contra su boca.

—Vale —susurré—. Salgamos. De verdad.

Él sonrió también. Una sonrisa completa, sin reservas.

—Trato hecho.

Volvimos al coche. El sol ya calentaba el parabrisas. Encendió el motor.

Y por primera vez, el camino de vuelta no se sintió como un regreso a la realidad.

Se sintió como el comienzo de algo nuevo.

El motor ronroneó suave cuando Sebastián lo encendió. El Cessna ya había desaparecido dentro del hangar, y el aeródromo parecía más pequeño ahora, casi insignificante bajo el sol de media mañana. Me acomodé en el asiento del copiloto, todavía con la gorra ladeada y las mejillas húmedas de lágrimas secas. No eran lágrimas tristes. Eran de las que salen cuando algo dentro del pecho se abre de golpe y deja entrar luz donde antes solo había sombras.

Sebastián no arrancó de inmediato. Se quedó mirándome un segundo, la mano en la palanca de cambios, la otra apoyada en el volante. Sus ojos grises —esos mismos que había dibujado la noche anterior como si fueran lo único que importaba— tenían un brillo nuevo. No era la intensidad contenida del garaje, ni la frialdad calculadora de la oficina. Era algo más simple. Más humano.

—¿Estás bien? —preguntó en voz baja.

Asentí, riendo un poco porque la pregunta era tan absurda después de todo.

—Más que bien. Estoy… no sé. Flotando todavía.

Él sonrió de lado, esa media sonrisa que siempre me había parecido reservada, pero que ahora se sentía como un regalo.

—Bien. Porque no quiero que bajes todavía.

Puso primera y salimos del aeródromo por el mismo camino de grava. El sol entraba por el parabrisas y calentaba el interior del coche. Me quité la gorra y me pasé los dedos por el pelo enredado. Olía a cielo, a altura, a libertad que no sabía que necesitaba.

—¿A dónde vamos ahora? —pregunté, curiosa.

—A ningún sitio en particular. Solo conducir. Comer algo. Hablar. Lo que quieras.

Lo miré de reojo.

—¿Tú? ¿Sin agenda? ¿Sin reuniones? ¿Sin correos?

Se encogió de hombros.

—Hoy no hay nada que no pueda esperar. Artur puede esperar. Ethan puede esperar. La junta puede esperar. Tú no.

Mi pecho se apretó de una forma buena. Dolorosamente buena.

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