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La esposa de Blackwood romance Capítulo 66

La luz de la mañana entraba tímida por las rendijas de las persianas del dormitorio principal, rayas doradas que se deslizaban sobre las sábanas y terminaban enredándose en el pelo revuelto de Sebastián. Abrí los ojos despacio, todavía envuelta en esa sensación extraña y deliciosa de haber dormido sin interrupciones, sin despertarme cada dos horas comprobando que todo seguía en su sitio.

Él seguía dormido. Boca abajo. La sábana le cubría apenas la cintura y dejaba al descubierto la línea de su espalda, con sus músculos relajados.

Me quedé mirándolo un rato largo. No con urgencia. Solo… mirándolo. Como si estuviera memorizando la versión de él que solo existe cuando nadie lo observa.

Con cuidado, para no despertarlo, tomé mi teléfono y le hice una foto, luego me me deslicé fuera de la cama. El suelo estaba frío bajo mis pies descalzos.

Caminé en silencio hasta la habitación que ahora era oficialmente mía.

La puerta estaba entreabierta, tal como la había dejado. Entré y la cerré con suavidad detrás de mí. El espacio seguía oliendo a nuevo.

Me acerqué al escritorio. El dibujo de anoche seguía allí. La línea del horizonte emborronada por las lágrimas ya se había secado, formando una mancha grisácea que, en lugar de estropear, le daba algo vivo, algo humano. Me gustaba más así.

Tomé un bloc nuevo. Me senté en la butaca junto a la ventana. La ciudad ya estaba despierta, coches diminutos serpenteando por las avenidas, el sol rebotando en los cristales de los edificios altos, un avión dejando una estela blanca perfecta en el cielo azul pálido.

Abrí el bloc en una página en blanco.

No sabía qué quería dibujar exactamente. Solo sabía que quería empezar algo. Algo que no fuera un recuerdo, ni una promesa, ni una despedida disfrazada. Algo que fuera solo… el siguiente paso.

El lápiz rozó el papel.

Primero tracé una línea horizontal muy suave, casi invisible. El horizonte de hoy.

Luego, despacio, empecé a dibujar una silueta sentada en una butaca. La mía. De espaldas a la ventana, mirando hacia dentro de la habitación en vez de hacia la ciudad. Y frente a ella, otra silueta más alta, de pie, con las manos en los bolsillos. Mirándola. No invadiendo. Solo estando.

No les puse caras.

Añadí detalles pequeños, la forma en que la luz le caía a él sobre el hombro, la curva de mi rodilla doblada bajo la camiseta grande, el lápiz que yo sostenía flojo entre los dedos como si estuviera decidiendo si seguir o parar.

No era un dibujo terminado. Era un comienzo.

Cuando levanté la vista, el sol ya estaba más alto. Habían pasado casi dos horas. El bloc tenía varias páginas más, fragmentos. Un plano rápido de las dos habitaciones comunicadas por el pasillo, como si fueran dos planetas que al fin habían decidido orbitar juntos.

La puerta se abrió despacio.

Sebastián apareció en el umbral, descalzo, solo con unos pantalones de chándal grises que le colgaban bajos en las caderas. El pelo revuelto. Los ojos todavía pesados de sueño. Me miró un segundo, como evaluando si interrumpía o no.

—Buenos días —dijo en voz baja, ronca.

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