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La esposa de Blackwood romance Capítulo 68

La tarde se estiró como si supiera que la necesitábamos. Después del desayuno, Sebastián se encerró un rato en su despacho y yo volví a mi habitación nueva como quien regresa a un lugar que siempre ha estado esperándome.

Cerré la puerta con suavidad. El clic sonó definitivo, pero no pesado. Encendí la lámpara de brazo articulado sobre el escritorio, aunque todavía había luz natural suficiente; solo quería esa luz cálida y enfocada que hace que dibujar se sienta más íntimo. Saqué la tablet de la mochila, lo conecté al cargador y abrí Procreate.

No tenía plan. Solo ganas.

Empecé con algo sencillo, un estudio de manos. Las mías, entrelazadas con las suyas imaginadas. Sus dedos largos, nudillos marcados, venas sutiles que había memorizado sin darme cuenta. Las mías más pequeñas, con manchas de carboncillo fantasma en las yemas. Jugué con la opacidad, con los pinceles suaves, con capas de luz que entraban desde una ventana invisible. No era perfecto. Había proporciones que fallaban, sombras que se comían demasiado. Pero no importaba. Era práctica. Era mío.

Cuando terminé, guardé el lienzo y empecé otro. Este fue más libre. Un retrato rápido de él durmiendo esa misma mañana, la curva del hombro, el pelo cayéndole sobre la frente, la boca entreabierta en esa respiración profunda y tranquila que solo tiene cuando se siente seguro. Usé solo tonos grises y un toque de azul frío para la luz de la persiana. Lo hice en menos de cuarenta minutos. Rápido, intuitivo, sin pensar demasiado. Cuando lo miré terminado, sentí un nudo en la garganta. No de tristeza. De reconocimiento. Era él. Y yo lo había visto de verdad.

Guardé los dos archivos con nombres tontos: “Manos que se encuentran” y “Él cuando nadie mira”. Luego me tumbé en la butaca con la tablet en el regazo, solo mirando la ciudad que empezaba a encenderse allá abajo. Las luces de los edificios se reflejaban en el cristal como si la ciudad también estuviera dibujando su propio horizonte.

Sebastián llamó a la puerta con los nudillos suaves antes de entrar.

—¿Interrumpo?

—No. Ya terminé por hoy.

Se acercó, miró la pantalla por encima de mi hombro. No dijo nada del dibujo. Solo apoyó la barbilla en mi coronilla un segundo.

—Cena ligera y cama temprana —murmuró—. Mañana es lunes de verdad.

Cenamos en el salón: ensalada, queso, pan, un poco de vino tinto que sobró de la semana pasada. Hablamos poco. Nos mirábamos mucho. Cuando recogimos los platos, él me tomó de la mano y me llevó al dormitorio principal sin decir nada más.

Nos acostamos abrazados esta vez. No de lado, como solíamos al principio. Él se tumbó boca arriba y yo me acurruqué contra su pecho, con una pierna sobre la suya y la cabeza bajo su barbilla. Sus brazos me rodearon completa, una mano en mi espalda baja, la otra enredada en mi pelo. Sentí su corazón latiendo tranquilo bajo mi oreja. Olía a jabón, a él, a nosotros.

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