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La esposa de Blackwood romance Capítulo 72

Marc era exactamente como me lo había imaginado Sebastián, joven, con el pelo plateado teñido que le daba un aire futurista, gafas redondas sin montura y una energía que llenaba la sala sin gritar. Hablaba despacio pero preciso, como si cada palabra estuviera medida para no desperdiciar ni un segundo de nuestro tiempo. Empezamos con un ejercicio simple pero potente, crear un moodboard digital en treinta minutos usando solo referencias propias (fotos del móvil, bocetos escaneados, texturas que tuviéramos guardadas). Nada de P*******t. Nada de referencias genéricas. “Quiero ver quiénes son antes de que os enseñe nada”, dijo.

Abrí el iPad nuevo y empecé. Subí la foto que le había tomado a Sebastián, dormido, con la luz de la persiana rayándole el hombro. Luego añadí una captura de la ciudad desde nuestra ventana al atardecer, un fragmento de mi dibujo anterior de manos entrelazadas, una textura de papel arrugado que tenía guardada desde hace años. Capas, máscaras, ajustes de color. El Pencil se deslizaba como si flotara. No era perfecto, pero era mío. Y Marc pasó por detrás, se detuvo un segundo y murmuró:

—Buen contraste emocional. La luz fría contra el calor de la piel. Sigue por ahí.

Me sonrojé hasta las orejas, pero seguí.

Luego nos presentó al grupo. Éramos nueve en total cuatro chicas, cuatro chicos y yo. Todos entre veinticinco y treinta y cinco años, todos con backgrounds distintos. Lucía, una chica de pelo corto azul que trabajaba como concept artist freelance para videojuegos indie. Mateo, tatuajes hasta los codos, diseñador gráfico en una agencia pequeña pero que soñaba con ilustrar portadas de libros. Laura, la más callada, que había dejado un trabajo corporativo en marketing para intentarlo de verdad. Pablo, el bromista del grupo, que hacía memes virales pero quería aprender narrativa visual seria. Y los demás, una tatuadora, un ex animador 2D, una profesora de arte que quería actualizarse al digital, un chico que venía de publicidad y una chica que estudiaba psicología pero dibujaba desde los cinco años.

Hicimos una ronda rápida de presentaciones. Cuando me tocó a mí, dije lo básico:

—Chloe Blackwood. Secretaria ejecutiva de día, dibujante frustrada de noche. Quiero recuperar lo que dejé hace años.

Nadie preguntó más. Nadie hizo chistes sobre mi apellido o sobre “Blackwood” como si fuera famoso. Solo asintieron, sonrieron, y seguimos.

La clase voló. Tres horas que parecieron quince minutos. Marc nos enseñó shortcuts brutales para Procreate, trucos de color theory que nadie me había explicado nunca, cómo organizar capas sin volverse loco en proyectos grandes. Hicimos dos ejercicios más, un retrato rápido en escala de grises y una composición con solo tres colores. Al final, cada uno enseñó su pantalla y Marc dio feedback individual, constructivo pero directo. A mí me dijo:

—Tienes ojo para la luz y la emoción. Ahora trabaja la intención. ¿Qué quieres que sienta quien vea esto? No solo qué ves tú.

Salí de allí con la cabeza zumbando de ideas, la mano derecha entumecida y una sonrisa que no podía borrar.

Las 20:30 llegaron en un abrir y cerrar de ojos.

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