Los demás asintieron, expectantes.
Miré a Sebastián. Él no dijo nada, solo me miró con esa expresión neutra que usaba cuando me dejaba decidir.
—Otro día, chicos —dije al final, con una sonrisa cansada pero sincera—. Hoy ha sido un día muy largo y estoy muerta. Pero la próxima, prometido.
Hubo murmullos de “claro”, “sin problema”, “nos vemos el miércoles”. Nos despedimos con abrazos rápidos y palmadas en la espalda. Sebastián me abrió la puerta del coche como siempre hacía, esperó a que entrara y luego subió detrás de mí.
Cuando Javier arrancó, el silencio duró solo unos segundos.
—¿Por qué no me presentaste? —preguntó, con un tono que intentaba ser casual pero no lo conseguía del todo.
Me reí. No pude evitarlo.
—Ay, por Dios, Sebastián. Todos saben quién eres. Y saben que yo soy tu esposa. No necesito ni siquiera presentarte. Eres… Sebastián Blackwood. Apareces y ya está.
Él se quedó callado un momento. Luego sonrió, orgulloso, con esa curva en los labios que le iluminaba los ojos grises.
—¿Todos saben?
—Claro que sí. Lucía me miró y dijo “¿Blackwood como en Blackwodd Tech?”. Y Mateo soltó un “joder, qué suerte” cuando vio mi anillo. No hace falta que te presente. Ya eres famoso.
Se inclinó hacia mí, me tomó la mano y entrelazó los dedos.
—Pues me gusta que me presentes igual. Aunque sea solo para verte decir “mi marido” en voz alta.
Sonreí, apoyando la cabeza en su hombro.
—Mi marido.
—¿Y cómo te fue? —preguntó, cambiando el tono a uno más suave, más curioso—. Cuéntamelo todo.
Y se lo conté. Todo.
Le hablé de Marc y su forma de enseñar, de cómo nos obligaba a usar solo nuestras referencias, de los ejercicios, de los compañeros. Le conté de Lucía y sus diseños para videojuegos, de Mateo y sus tatuajes que parecían ilustraciones vivas, de Sara que había dejado todo por dibujar. Le enseñé en el iPad el moodboard que había hecho, la foto suya dormido, la ciudad, las manos. Él lo miró en silencio, ampliando la imagen con los dedos, deteniéndose en los detalles.
—Es precioso —dijo al final, voz baja—. Me gusta cómo me ves.
Llegamos al ático pasadas las nueve. Javier nos dejó en la entrada privada. Subimos en el ascensor en silencio, pero de ese silencio cómodo que ya era nuestro.
Al abrir la puerta, en el piso había un sobre.
Fruncí el ceño.
—¿Correo postal? ¿En 2026?
—Tu tía Elena, al parecer —respondió con una media sonrisa. Me lo tendió—. Ábrelo.

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