Se tensó. Fue instantáneo. Los hombros se le endurecieron, la mandíbula se le marcó un poco más, y por un segundo pareció que iba a levantarse y cambiar de tema. No lo hizo. Solo respiró hondo, como si estuviera decidiendo si abrir esa puerta o cerrarla con llave para siempre.
Me di cuenta tarde de que había pisado algo frágil.
—Sé que estoy en territorio delicado —dije rápido, bajando la mirada—. Lo siento. No quise ser entrometida. Podemos hablar de otra cosa, o no hablar de nada. Solo… me importa saber más de ti. Pero no si duele.
Él suspiró largo, profundo, y se pasó una mano por la cara. Cuando volvió a mirarme, ya no había tensión defensiva. Solo cansancio antiguo, de ese que se lleva dentro desde niño.
—No. Tienes derecho a preguntar —dijo al fin—. Y yo… llevo años sin contárselo a nadie de verdad. Ni siquiera a mi tía Elena lo hablamos mucho. Solo sabemos que pasó y punto.
Se recostó contra el respaldo, mirando al techo como si las palabras estuvieran escritas allí arriba.
—Mi padre es un adicto. A todo tipo de sustancias. Alcohol, cocaína, pastillas, lo que pillara. Ha estado en rehabilitación… no sé, ¿diez, doce veces? Gran parte de mi vida ha sido eso: promesas de que esta vez era la definitiva, recaídas espectaculares, promesas nuevas. Yo dejé de creerle hace mucho. Ya no tengo esperanzas. Solo… distancia. Lo veo una o dos veces al año. No confío en él. No puedo.
Hizo una pausa. Yo no me moví. Solo escuchaba.
—Y mi madre… —Su voz cambió. Se suavizó tanto que casi dolió oírlo—. Era hermosa. De verdad. No solo por fuera. Tenía esa risa que llenaba toda la casa, y siempre olía a vainilla y a libros viejos. Era la mejor mamá del mundo. Me leía cuentos hasta que me dormía, me llevaba a museos aunque yo fuera un crío que solo quería correr, me defendía de mi padre cuando las cosas se ponían feas. Era… luz.
Se le quebró un poco la voz en la última palabra. Carraspeó.
—Murió cuando yo tenía cuatro años. En un accidente de coche. Mi padre conducía. Ese día se había metido LSD. Alucinógenos. Dijo que vio cosas en la carretera que no estaban, dio un volantazo, se salieron en una curva. Ella murió en el acto. Él salió casi ileso. Yo estaba en casa con Artur, mi abuelo.
Se quedó callado. Yo sentía un nudo en la garganta que no me dejaba hablar.
—Desde entonces quedé a cargo de Artur —siguió—. Él creía que con mi padre había hecho todo mal, había sido muy libertino, así que me crió de una manera muy estricta. Me enseñó todo lo que sé de responsabilidad, de trabajo. Mi padre… desapareció un tiempo en clínicas y luego volvió a recaer. Artur lo mantuvo lejos de mí la mayor parte del tiempo. Y yo… crecí sabiendo que mi madre ya no volvería, y que mi padre era alguien a quien quería, pero a quien no podía acercarme sin riesgo.
Volvió a mirarme. Sus ojos estaban húmedos, pero no lloraba. Solo brillaban.

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