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La esposa de Blackwood romance Capítulo 76

Lo miré, confusa un segundo.

—¿Prensa? ¿En una fiesta familiar?

Él asintió, serio.

—Elena invitó a algunos periodistas de sociedad y medios especializados en economía y lifestyle. No es sorpresa. Siempre lo hace en sus eventos grandes. Pero esta vez… —hizo una pausa, me miró a los ojos— esta vez van a querer fotos nuestras. Juntos. Como pareja oficial. Como esposos. Hasta ahora solo han salido rumores, fotos borrosas de nosotros saliendo del coche o entrando al edificio de la empresa. Hoy van a querer la confirmación.

Tragué saliva. El nudo en el estómago volvió, pero no era miedo. Era algo más parecido a la responsabilidad.

—¿Y qué hacemos? ¿Posamos? ¿Decimos algo?

—Posamos lo justo —respondió él—. Una foto formal, quizás dos. Sonreímos, nos tomamos de la mano, entramos juntos. Si algún periodista pregunta directamente, yo respondo. Tú solo tienes que ser tú. No hay guion. No hay que fingir. Porque ya no fingimos.

Asentí despacio.

—Vale. Entonces… vamos a prepararnos.

Subimos al dormitorio. El vestido ya colgaba fuera del armario, la percha en la puerta del vestidor, como si esperara su momento. Sebastián se metió en la ducha primero. Yo aproveché para abrir el neceser de maquillaje que casi nunca uso y empezar a prepararme. Me puse la base, el corrector, sombreé los ojos con tonos suaves pero definidos: marrón cálido, un toque de dorado en el centro para que brillaran bajo las luces. Labios en un rosa nude con brillo. Pelo suelto en ondas naturales, con un clip discreto de perlas que Elena me había regalado hace años (irónico, pensé).

Cuando Sebastián salió de la ducha con la toalla alrededor de la cintura, se quedó parado en la puerta del vestidor mirándome.

—¿Qué? —pregunté, girándome hacia él con la brocha en la mano.

—Nada. Solo… te ves preciosa incluso antes del vestido.

Sonreí, nerviosa y el se acercó. Me besó en la nuca, suave, sin tocarme con las manos húmedas.

Me ayudó con el vestido. La cremallera subió despacio, sus dedos rozándome la espalda. Cuando terminé de ajustarme las tiras cruzadas, me giré hacia el espejo de cuerpo entero.

La seda perla caía perfecta. La espalda descubierta dejaba ver justo lo suficiente para sentirme expuesta pero poderosa. Las mangas de gasa con bordados diminutos captaban la luz como si respiraran.

Sebastián se puso detrás de mí. Traje negro hecho a medida, camisa blanca abierta en el primer botón, corbata fina de seda gris perla que hacía juego con el vestido. Pelo peinado hacia atrás, pero con ese mechón rebelde que nunca se quedaba quieto.

Me miró a través del espejo.

—Chloe Blackwood —murmuró, casi como si lo probara en voz alta por primera vez—. Suena bien.

—Suena real —respondí.

Me tomó de la cintura, me giró hacia él y me besó. Lento, profundo, con las manos firmes en mis caderas. Cuando se separó, apoyó la frente contra la mía.

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